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martes, 9 de febrero de 2010

Liderazgo por ejemplo



Mandela: "En los momentos más difíciles, ¿dónde encuentras la inspiración para ser un buen líder?"
Pienaar: "En intentar ser un buen ejemplo para los demás".

Es un extracto de Invictus, la película de Clint Eastwood inspirada en el relato de John Carling. La respuesta del capitán de la selección de rugby es corta, breve. Pero directa. Y resume a la perfección lo que debería de ser un jefe. Luego, ante los All Blacks de Lomu lo pone en práctica: "Me romperé el brazo, la pierna, el cuello, lo que haga falta, pero no dejaré que se vaya".


El ejemplo, en deporte y empresa, es crucial. Más en estos tiempos. El líder, el buen líder, cobra una importancia tremenda. Y su trabajo, además de liderar con ejemplo es el de aunar fuerzas y crear un equipo. Un equipo que funcione como un todo. Como dice el juego de palabras anglosajon, "there's no I in TEAM": No hay I -como letra y en referencia al 'yo' en EQUIPO". Y sigue con el significado de la palabra EQUIPO: "TEAM: Together Everyone Achieves More. "Unidos Todos Logramos -sumamos- Más".

Los ejemplos más recentes los vemos en el el triunfo de los Saints de Nueva Orleans en la Superbowl logrando un título para una ciudad devastada hace unos años o en el último partido ganado por los Lakers ante los Spurs. Sin Kobe, el gran líder, ni Bynum, el joven y prometedor pívot titular, los californianos ganan a los texanos. Pau, inconmensurable con 21 puntos, 19 rebotes, 5 tapones y 8 asistencias razona la clave de la victoria: "No estaba Kobe y todos tuvimos que dar un paso al frente como equipo". Más que al baloncesto, los Lakers jugaron al 'teamball', a un deporte en el que cada uno es tan importante como el de al lado y sin el cual el equipo no suma.

En la frase de Pienaar hay una interesante reflexión sobre el rol de un jefe. Un jefe ha de ser un ejemplo de liderazgo por convicción, no por imposición. Y si es un buen líder será consciente de sus virtudes y sus defectos, algo que no todos ven. Si uno tiene carencias, ¿no será conveniente tener a alguien útil a tu lado que te ayude a superarlas? Está claro que no todo los jefes nacen sabiendo y que de pronto pasas de estar encerrado en la carcel en una habitáculo minúsculo a poder dirigir un país, pero llegado el momento uno tiene que liderar por ejemplo. Y el mejor ejemplo es el de la humildad, el de no creerte superior a nadie y el de ser consciente de que uno sólo no puede triunfar, que necesita un equipo, un equipo que le arrope en los momentos difíciles -y en los buenos- y que le sepa aconsejar. El Mandela de Eastwood no se cuelga ninguna medalla. Se rodea de un grupo variado de gente con la que habla y que no se limita a asentir cada vez que el líder abre la boca. Flaco favor hacen los palmeros. El Mandela de Eatswood reune valores del buen jefe:une, y agradece el trabajo en equipo, implica, hace partícipes a todos y ante todo hace que sean mejores.

lunes, 30 de marzo de 2009

El tercer tiempo


En los partidos de rugby hay una tradicional costumbre que siempre he admirado y envidiado, el llamado tercer tiempo. Consiste en que al finalizar el partido, ambos equipos, tras darse la mano como caballeros, se van juntos a tomar unas cervezas. Es decir, la batalla queda en el campo, allí quedan vencedores y vencidos, y con un profundo respeto al contrario nos enseñan la diferencia entre rival y enemigo.

Recuerdo un partido en el que dirigía al Real Madrid del magnífico Clifford Luyk, contra el equipo de Varese del legendario Dino Meneghin. Fue un encuentro muy duro, con un enfrentamiento encarnizado entre Dino y Clifford. Cuando sonó el pitido final, ambos jugadores salieron disparados el uno hacia el otro. Yo, temiéndome lo peor, advertí de la situación a mi equipo técnico y salimos todos detrás de Luyk para sujetarle, pero claramente nos llevaba ventaja y no íbamos a llegar antes del encontronazo. Cuál fue nuestra sorpresa, cuando ambos jugadores, al encontrarse frente a frente, en lugar de liarse a guantazos, se fundieron en un efusivo y sincero abrazo lleno de sudor y sangre.

No menos espectaculares eran los enfrentamientos de nuestro llorado Fernando Martín y Audi Norris, donde haciendo caso omiso a la presión de los graderíos siempre terminaban fundiéndose en un abrazo, abrazos, que como en el caso anterior, estaban llenos de sudor y sangre debido al fragor de la batalla. Se me encoge el corazón al recordar a Norris llorando como un niño ante el cuerpo presente de Fernando. Como añoro a estos deportistas.

Esta es la verdadera grandeza del deporte, ser capaz de luchar, con toda la energía, hasta la extenuación, pero una vez finalizada la contienda, reconocer y valorar al rival con honor y deportividad, independientemente de quien haya sido el ganador o el perdedor, ya que como decía el autor de El Principito “es ante un obstáculo digno, donde el hombre se conoce”.

Este es uno de los muchos valores del deporte, parte de la esencia que forja el Deporte con mayúsculas, y el debate que me gustaría plantear hoy es el siguiente: ¿Por qué si el deporte está lleno de valores, sus aficionados, los que lo siguen no siempre los reflejan? ¿Por qué no se respeta y se insulta a los contrarios, como ocurrió en la visita al Bernabéu de nuestro internacional Torres? ¿Por qué el ataque y el odio visceral entre las aficiones como demostraron los Boixos Nois lanzando bengalas a los hinchas del Espanyol?

¿Por qué los valores no generan valores? ¿O es que el deporte, como reflejo de la sociedad que tenemos está perdiendo los valores que le dan sentido?

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