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martes, 23 de noviembre de 2010

Bobby Charlton y Duncan Edwards


Parece ser que, por fin, van a hacer una película sobre los Busy Babes, tal y como consta en el Blog de Carlos Marañón en Cinemanía... La película, que en realidad será un telefilme producido por la BBC, llevará por título: United (The Busby Babes and The Munich Air Crash). Este hecho, me lleva a volver a reflexionar sobre los destinos contrapuestos de los dos exponentes máximos de aquella generación: Duncan Edwards y Bobby Charlton.
El determinismo es una teoría que supone que la evolución de los fenómenos naturales está por completo establecida de antemano. Según los defensores de esta teoría, el azar no jugaría un papel fundamental en nuestra circunstancia, ni el libre albedrío humano sería un modificador de nuestros actos. Atendiendo pues a estos filósofos, Sir Bobby Charlton habría nacido para ganar la Copa del Mundo, y no para morir en un aeropuerto de Munich.
Charlton nació en Northumberland en 1937. Con diecisiete años se incorporó a la disciplina del Manchester United. Allí, junto con otros compañeros de su edad, entre los que destacaba Duncan Edwards, formaron un conjunto extraordinario bajo las órdenes de Mister Busby. Edwards era la estrella. Sin embargo, su destino no era el triunfo pleno. El de Charlton sí.
En la Copa de Europa de 1957/58 los cuartos de final emparejaron al United con el Estrella Roja de Belgrado. El encuentro de vuelta, que terminó con un 3-3, suponía que los ingleses alcanzaban por segundo año consecutivo las semifinales. El vuelo de vuelta a las islas hizo escala en Munich. Allí, Charlton y Viollet cambiaron sus asientos por los de Taylor y Pegg. El avión se dispuso a despegar. Nunca lo logró. Chocó contra una casa y se partió por la mitad.
En la escena del desastre, el portero Harry Gregg comenzó a rescatar compañeros del avión. Salvó a Charlton y a Viollet, luego volvió a por Mr. Busby y Blanchflower. Y también rescató a una mujer, Vera Lukic y su hija, Venona. Sin embargo, 23 personas perdieron la vida en aquel día. Entre ellos, Duncan Edwards, que resistió a su destino unos pocos días. También perecieron Taylor y Pegg, que habían permutado sus asientos por los de Charlton y Viollet en busca de la aparente seguridad que proporcionaba la cola del avión.
Para Busby, Edwards era el mejor jugador del mundo, Charlton declaró que Edwards era el único jugador que le hacía sentirse inferior. Sin embargo, Charlton estaba llamado a alcanzar los mayores triunfos que un futbolista inglés ha conseguido hasta el momento. En 1966, Bobby Charlton acaudilló la selección de Alf Ramsey hacia la victoria en la Copa del Mundo. Allí compartió el triunfo con Gordon Banks, Bobby Moore, Nobby Stiles, Geoff Hurst y su hermano Jackie, entre otros. Muchos pensaron que aquella Copa Jules Rimet que alzó Moore en Wembley debía haberla recogido Duncan Edwards... Dos años más tarde, en 1968, Charlton fue el artífice de la primera Copa de Europa de un club inglés, el United.
Bobby Charlton se retiró de la selección después de la eliminación en el Mundial de 1970 por parte de Alemania. Aquel es recordado aún como uno de los mejores partidos de la historia de los mundiales. Abandonó también el United en 1973 tras algunos años de decadencia y conflictos con las otras estrellas del equipo: el norirlandés George Best y el escocés Dennis Law. En la actualidad, Bobby Charlton forma parte del staff directivo de los de Old Trafford.
La tragedia de Munich es aún recordada por los aficionados. El gran Morrissey, que no había nacido aún cuando se produjo el desastre, recuerda a los caídos en una de sus últimas canciones: “Les echamos de menos, cada noche les besamos. Sus caras están grabadas en nuestras mentes. Me gustaría haber caído con ellos”. Ahora, tendremos también la película... Es emocionante ver y oir cómo los aficionados del Manchester recuerdan, más de cincuenta años después, a los Busy Babes: Forever and ever, We'll follow the boys. Of Man United - The Busby babes!

lunes, 20 de septiembre de 2010

Elogio del ariete


Según la RAE, un ariete es un delantero centro. En el fútbol de nuestros abuelos (o bisabuelos) con figuras ilustres de la talla de Isidro Lángara (quien marcó 17 goles en 12 partidos con la selección y, que además de 3 trofeos pichichi, fue máximo goleador en Argentina con San Lorenzo y en México con el Club España) o Telmo Zarra (6 trofeos pichichi consecutivos, marcando un total de 242 goles en Primera División), aquella figura del ariete se encontraba perfectamente definida en los esquemas WM reinantes: marcar muchos (muchos) goles. Tras la irrupción de los mágicos magiares, el esquema 4-2-4 ideado por Sebes situó dos delanteros más o menos paralelos con roles complementarios: Kocsis (“Cabeza de Oro”) y Puskas (“Cañoncito”). El fútbol total de Rinus Michels, debido al intercambio constante de posiciones, comenzó a difuminar la figura del ariete en los setenta y ya en los noventa, Johan Cruyff prescindió (en su primera etapa) del delantero centro en pos de un mayor control de la zona media y de una mayor ocupación de las bandas.
Y llegamos al fútbol de hoy. El Barça de Ronaldinho alineaba a Etoo, que no es precisamente un delantero centro prototípico. Posteriormente, Guardiola, en su primer año situó al camerunés en como ariete teórico, pero encargando un importante trabajo defensivo al africano y, además, permutando su posición con Messi en muchas ocasiones (El 2-6 del Bernabéu es un ejemplo). El año pasado Ibrahimovic, que sí posee las características físicas de un centro delantero, no pareció encajar de forma plena. El sueco, cuyas excelentes prestaciones se asemejan a las que Jan Koller en mayor medida que a las de un rematador a la vieja usanza, fracasó en Barcelona. Ahora Villa, parece que confirma la apuesta del Barça por ocupar ese espacio con jugadores de otro corte, aunque con excelentes resultados de cara a puerta.
En el Real Madrid el panorama es aún más complejo. Tras la salida de Van Nistelrooy (aquel holandés sí que es un delantero centro prototípico y no por ello menos extraordinario), el puesto no parece que haya vuelto a ser ocupado con garantías. Con la llegada de Mourinho, parece que la necesidad de un delantero centro se ha hecho, digamos, más patente. En su esquema 4-2-3-1 (o lo que sea), parece conveniente alinear un delantero centro rematador y rotundo. Higuaín no parece que convenza y sus números son aún discretos, aún cuando la temporada pasada fue el máximo goleador del equipo. Benzema no ha demostrado en ningún momento las inmensas capacidades que se le intuyen. Cristiano no es un delantero centro. Y no hay más.
Y el caso es que, pese a que el panorama no parece muy propicio para el ariete en nuestro país, yo conservo la esperanza de volver a ver una generación de delanteros centros como la que viví hace ya 30 años. Aquellos hombres serios, correctos, eficaces y tremendamente humanos que dominaron la liga desde el final de los setenta y hasta los primeros ochenta, además de disputarse el puesto de delantero centro con la selección nacional (conjuntamente con Rubén Cano). Me refiero a Quini (Sporting y Barça), Santillana (Real Madrid) y Satrústegui (Real Sociedad). El primero ha sido, a mi juicio, el rematador más efectivo del fútbol español de todos los tiempos. El segundo, conjuntamente con Kocsis la mejor testa de la historia. El tercero, el ariete de aquella Real bicampeona y delantero titular en España 82. Cualquiera de ellos no desentonaría como ariete en esta selección campeona del mundo. Ni mucho menos.
Ahora, sólo Fernando Llorente parece querer seguir ese camino de especialista que, sin embargo, pocos parecen asumir de forma plena. No en vano, estamos en la época de las media-puntas (que no son ni medios ni puntas). En la tercera jornada de la liga 2010-2011, Llorente encabeza la lista de goleadores. Con la selección sus actuaciones han sido muy notables... resolviendo partidos en primera y en segunda persona.
Para algunos, la figura del centro delantero clásico puede ser parte del pasado. Sin embargo, y aún cuando el juego directo es denostado por algunos, ¿qué se busca para resolver los partidos cuando vienen mal dadas? En esos momentos se recurre a los centrales como Alexanco o Piqué… de delanteros centros rematadores. Es posible que esto del fútbol no haya cambiado tanto.

jueves, 8 de julio de 2010

El giro de Xavi


Cuando veo jugar a Xavi siento envidia. Posee (prácticamente) todas las cualidades que puedo imaginar en un futbolista de creación. Y esa panoplia infinita de virtudes me abruma. Quizá del nutrido conjunto de capacidades que Xavi suele desplegar en el campo, el control seguido de un giro que precede a un cambio de sentido del juego, es, sin duda, la que considero su característica más personal. Ese gesto técnico es su marca de la casa. No recuerdo otro jugador que lo haya interpretado con mayor excelencia. Ni Guardiola, ni Zidane, ni Maradona, ni Cruyff, ni Laudrup, ni Ronaldinho… ellos desplegaban otras técnicas, pero ese giro… ese giro es de Xavi.
El giro refleja muchas cualidades. El giro es conocimiento de la situación del juego, de la posición de los contrarios, de las capacidades de los compañeros… El giro es confianza en su propia capacidad técnica. Es humildad por la austeridad en la ausencia de artificio. El giro es determinación en la búsqueda del objetivo y flexibilidad en los medios para alcanzarlo. Es ese otro fútbol que a muchos nos apasiona. Es mando y gestión. Es gobierno.
En esta semifinal histórica de Suráfrica contra Alemania, Xavi ha sido nombrado el hombre del partido. Como muchos otros españoles estoy ahora algo ronco de gritar. De gritar gol… pero también de gritar “dásela a Xavi” y “dásela al bueno”. Esos gritos se han producido durante todo el partido, pero en especial en los últimos minutos. No en vano, cada vez que la pelota alcanzaba al de Terrassa, muchos respirábamos con un cierto alivio futbolero, esperando que, tras el giro, Xavi encontrara nuevas y mejores perspectivas.
En esta selección de ensueño, todos los aficionados tenemos nuestros favoritos. Unos se inclinan por la fulgurante eficacia de Villa, otros por la contundencia y pujanza de Ramos, otros por la trepidante delicadeza de Iniesta, algunos por la fiabilidad de Casillas o por el rendimiento de Busquets. Pero yo soy del giro de Xavi. Por todo lo que significa.
Muchos somos demasiado jóvenes para haber visto jugar a Luis Suárez, “El arquitecto” quien, según mi padre, es el mejor jugador español de todos los tiempos (Balón de Oro 1960). Pero para mí, Xavi es el mejor jugador español de todos los tiempos; al menos de los míos.

domingo, 23 de mayo de 2010

Sobre retales y cohesión


Los retales son, atendiendo al diccionario de la RAE, sobrantes o desperdicios. Sin embargo, mucho tiempo atrás, entendí que los retales son, en realidad, una filosofía. Mi abuela, como muchas otras señoras antiguas, solía comprar retales de telas con los que, armada de aguja, dedal y paciencia, cosía por las tardes frente a la radio. Aquella rutina más o menos cíclica, en la que yo me integraba con asiduidad, incluía la búsqueda del género, siempre por las mañanas, siempre en el centro de la ciudad. Puede que una de aquellas mañanas, ya lejanas pero no olvidadas, pensando en su afán de búsqueda y combinación, de imaginación y ahorro, comprendí que en aquella actividad había inteligencia, riqueza e incluso ciencia.
La filosofía del retal supone no acudir al mercado “libre”, donde la tela se vende por metros al precio estipulado. Muy al contrario, en el retal se debe planificar de forma pormenorizada el gasto y la necesidad efectiva de material, para, una vez conocido el mercado del sobrante, adquirir el producto más conveniente de entre el disponible. En resumen, supone poner en práctica una actividad que muchos cacarean y pocos practican: la gestión.
El mercado de los fichajes del fútbol presenta, como el de las telas, diversos tramos. Y aquí existe también un mercado de retales. Es evidente que los retales son, como las telas, de muchas clases y calidades. Pero lo que es casi seguro es que encontraremos un mercado del retal allá donde haya venta de tela por metros. Y esto es lo que nos ocupa hoy, ese mercado del retal que, en algunas ocasiones, produce productos exitosos y equilibrados, cohesionados y competitivos.
Quizá aquel Súper-Depor fue el primero de los equipos que alcanzó la fama gracias a un equipo construido con, entre otros géneros, retales. Si analizamos la alineación del primer equipo exitoso de Arsenio Iglesias, el cóctel era más o menos como sigue. Un par de brasileños de primer nivel (Bebeto y Mauro), un central balcánico de mando y clase (Djukic), la perla de la cantera coruñesa (Fran) y retales: buenos y diversos retales. Del Barça (López-Recarte), del Real Madrid (Aldana), del Valencia (Nando), del Mallorca (Albístegui y Claudio), del Burgos (Ribera) y el portero Liaño, procedente del Sestao de 2ª división, donde fue el portero menos goleado.
Y ahora nos hemos encontrado este Inter de Mourinho. Campeón por méritos propios. Nadie puede dudar que el Inter es uno de los grandes clubes de Europa. Pero lo cierto es que desde los tiempos gloriosos de Luis Suárez, Facchetti y Mazzola, la Copa de Europa se le había resistido. Este Inter no tiene la filosofía de aquel. Estos son otros tiempos, y este equipo está construido en torno a la personalidad del portugués. Repasemos alguna de sus individualidades.
Esta ha sido la temporada de Sneijder. El holandés salió del Madrid con algo de inquina en busca del cariño lombardo. La necesaria amortización de activos le llevó a Milán y allí ha explotado como jugador al añadir a sus muchas virtudes el necesario compromiso.
La final, en cambio, ha sido la de Milito. Llegó del Génova este año acompañado de Motta. Previamente, militó en el Zaragoza donde completó una temporada notable (2006-07), una buena (2005-06) y otra discreta (2007-08). En este año, la confianza de Mourinho ha sido vital para que, el otrora menos famoso de los hermanos Milito, se consagre de forma definitiva. Pensando en el Mundial, muchos no nos explicamos que Diego no tenga garantizado un puesto en la delantera albiceleste.
Estos dos jugadores fueron los artífices del triunfo frente al Barcelona, verdadero rubicón del proyecto europeo del Inter. Sin embargo, no debemos olvidar la contribución de Etoo. Inmerso en la cuestionable operación Ibrahimovic, Samuel ha vuelto a la banda esta temporada. El camerunés parece comulgar con el luso y el resultado de esta sintonía ha sido un desempeño notable, sobre todo desde el punto de vista defensivo.
A estos magníficos jugadores hay que añadir algún otro retal de calidad como Motta, Cambiasso, Lucio o Walter Samuel; veteranos ilustres como Stankovic y Zanetti; fichajes más o menos personales de Mourinho como Pandev; un buen número de defensas más o menos rocosos (Maicon, Córdoba, Materazzi, Chivu…) y un portero excelso: Julio César.
Y allí estaban todos en el Bernabéu. Saboreando su gloria. Pero, sobre todos ellos, lo queramos o no, estaba Mourinho. El patronista de este engendro glorioso. Orgulloso de su producto. Inmodesto en su proceso. A buen seguro Mourinho rememorará buena parte de sus decisiones en la temporada. Y tal y como lo hacía mi abuela algunos años atrás, buscará en sí el refuerzo que proporciona el trabajo bien hecho: recalcará su pericia, subrayará sus aciertos y se recreará en su autoridad.
No en vano, el portugués ha triunfado. Una vez más. Como ya lo hiciera en Oporto. Con la cohesión interna como estandarte. En guerra con todos, menos con los suyos. Al fin y al cabo, el fútbol es esencialmente eso… ¿o quizás no?

martes, 30 de marzo de 2010

Misión mundial de fútbol de Sudáfrica 2010: “Sé fiel a ti mismo”


Es sabido que para obtener el máximo rendimiento deportivo, se requiere de un entrenamiento global del jugador. Sin embargo, comparadas con los aspectos físicos, técnicos y tácticos, las variables psicológicas no siempre han recibido la atención requerida. En este sentido, un aspecto que me ha llamado la atención en los últimos años es el “efecto selección”. Hay jugadores que tienen un rendimiento excepcional con su equipo de liga y un rendimiento inferior cuando juegan con su Selección Nacional. El “sentir popular” dice que el jugador no es el mismo, como si se produjera una pérdida de su identidad.
Si miramos el panorama nacional e internacional, probablemente nos venga a la mente varios jugadores que históricamente han vivido o pasan esta situación. Un ejemplo, lo podemos encontrar en el caso del jugador del F.C. Barcelona Lionel Messi, considerado por muchos como uno de los mejores jugadores del mundo. Su nivel superlativo en el Barcelona lo coloca en una posición cargada de responsabilidad en la próxima Copa del Mundo con la camiseta número 10 de la Selección Argentina.
Respecto a este aspecto, recientemente, Messi comentó en Radio Metro de Barcelona (26-03-2010) que ''es totalmente diferente jugar en Barcelona a ir a la Selección. Cambian los compañeros, cambia el sistema… No quiero decir que los compañeros de acá sean mejores. La Selección Argentina tiene los mejores jugadores del mundo, pero tenemos poco tiempo y cambia todo. Cuando estemos todos juntos, cuando se reúna el grupo creo que lo vamos a lograr. Si me toca jugar en el Mundial es una buena oportunidad para demostrar eso. Tener el mismo nivel de Barcelona en la Selección. Yo soy el primero que me critico y más que nadie. Soy el primero en querer cambiar eso y no tengo dudas que lo voy a hacer'', prometió Lionel.
Otro caso de jugador que no jugaba bien con su Selección Nacional ha sido el de Fernando Torres. Fue criticado y cuestionado por su desigual rendimiento entre su equipo y la Selección. No fue hasta la Eurocopa del 2008 cuando se reencontró consigo mismo. La propia competición, su rendimiento y los resultados obtenidos permitieron una conexión de Fernando con sus virtudes y fortalezas, dejando de lado sus tensiones y preocupaciones. “Ser el Fernando de siempre”, esta vez, al servicio de la Selección.
Reflexionando sobre los casos de Messi y Torres: ¿La pérdida de identidad se produce sólo por causas externas?. ¿Podemos esperar a una Eurocopa o Mundial para que se produzca el cambio? (si es que se produce). ¿El jugador puede prepararse previamente a nivel psicológico para llegar en plenitud a la competición?. Una posible intervención a estos problemas podemos encontrarla en la aplicación del coaching de identidad, una técnica psicológica que se describe brevemente a continuación.
Coaching de identidad, un entrenamiento psicológico para el máximo rendimiento
La identidad es la capacidad de un individuo de reconocerse en sus características esenciales y en las modificaciones que experimenta en sí mismo. Gran parte de nuestro “yo” está formado por diferentes personajes, hábitos, creencias y prejuicios que alguna vez fueron útiles ante amenazas reales e imaginarias. Percibimos a través de nuestra propia biología, de las experiencias ya vividas, de la cultura con la que convivimos, de las reglas, valores, creencias con las que convivimos. En este sentido, es necesario revisar estos mensajes o perspectivas que han condicionado nuestro comportamiento, debido a que algunos de ellos potencian nuestras acciones, mientras que otros, hoy no nos definen o limitan nuestro desempeño. En función del tipo de observador que seamos (constituido por potencialidades o limitaciones), interpretaremos que ocurre, y de esa interpretación surgirá la acción.
Esta perspectiva nos ofrece dos caras de una misma moneda (ambas conviven en la persona): “el yo interior” y “el yo saboteador”. La primera, ofrece una base positiva (fortaleza) para alcanzar resultados extraordinarios y conseguir una vida más plena y satisfactoria, mientras que la segunda, boicotea de forma consciente o inconsciente los aspectos anteriormente citados.
En este sentido, si el jugador está habitualmente conectando con su “yo saboteador” (exceso de responsabilidad, miedos…) percibirá como amenazante determinadas situaciones (por ejemplo, jugar con la Selección) y verá deteriorado su rendimiento. Por el contrario, si el jugador conecta con su “yo interior” (valores, creencias…), percibirá la situación como un reto y tendrá una mayor probabilidad de conseguir su máximo rendimiento.
A través del coaching de identidad se puede trabajar estos aspectos. Esta técnica psicológica se centra principalmente en descubrir, desarrollar, conectar y pasar a la acción desde la postura del “yo interior”, y además, descubrir y neutralizar al “yo saboteador”. Se trata de una investigación de un compromiso serio con uno mismo, en el cual no hay que cambiar ni transformar nada, sino que se trata de ACEPTAR, TOMAR CONCIENCIA, APRENDER Y POSICIONARSE con nuestra identidad esencial, y desde ahí, focalizar el pensar, sentir y hacer. Es un trabajo “interior” para proyectarse a la acción (competición).
Por tanto, a través del coaching de identidad el jugador potencia su rendimiento, desarrolla su talento, y en el caso de los más jóvenes, reduce los procesos de maduración psicológica.
Para terminar, aunque comprendo que el entrenador es el máximo responsable y principal gestor a nivel psicológico del jugador y del equipo, la labor del psicólogo del deporte (debidamente acreditado, ver: http://www.cop.es/perfiles/contenido/deporte.htm), entendido como un técnico deportivo experto en Psicología al servicio de las necesidades y demandas del entrenador, deportista y del equipo, puede complementar y mejorar el desempeño profesional de los mismos.

Dr. Alejo García-Naveira
Psicólogo, formador, coach e investigador

jueves, 18 de marzo de 2010

La adaptación de Carlos Moyá


Retirarse no es sencillo. Decir adiós a una carrera profesional supone uno de los pasos que, tarde o temprano, cualquier trabajador debe afrontar. En el mundo del deporte de alta competición, estas retiradas se suelen producir cuando la juventud no ha abandonado aún a los deportistas. Y el caso es que este paso a la reserva, en muchas ocasiones, supone un cambio no siempre fácil de gestionar. El caso de Carlos Moyá me parece aleccionador en este sentido.
Carlos Moyá es un zurdo que juega con la derecha, justo al revés que Nadal. Quizá por esta peculiaridad, su drive ha sido uno de los mejores del circuito durante quince años. Se van ha cumplir tres lustros desde la primera vez que vi jugar a Carlos en el Godó de 1995. Tras un torneo brillante, perdió la final contra Jordi Burillo. Sin embargo, igual que me ocurrió con Alex Corretja algún tiempo antes, pensé que aquel jugador llegaría a ganar Roland Garros. Me equivoqué con el catalán (por poco, la verdad). Con el mallorquín, no.
Quizá Moyá se diera a conocer para el gran público en aquella final de Australia 1997 contra Sampras. O puede que tras ganar su primer Master Series en Montecarlo en 1998 enfrentándose a Pioline. Pero lo que es seguro es que Moyá ya era conocido por todos cuando, precisamente frente a Corretja, levantó la copa de los mosqueteros que yo vaticiné que lograría. Diez meses más tarde, en Marzo de 1999, se convierte en el primer español número uno de la ATP. A finales de aquel año, las lesiones le relegaron al puesto 22. Los años siguientes tampoco fueron buenos. Pero en 2002 comienza su remontada, ganando cuatro títulos. Moyá termina el año quinto del mundo. En 2003 logra tres títulos más y firma una temporada impecable en la Davis, incluyendo la victoria contra Mark Philippoussis en la final, en Australia, en hierba y a cara de perro. Termina ese año el séptimo del mundo. En 2004 alcanza el quinto puesto de la ATP de nuevo y consigue tres títulos más. Y una Davis, claro: La de Sevilla en La Cartuja.
Aquel 2004, en Toronto, Moyá, ofrece una de las anécdotas más humanas del circuito. En un partido contra Kiefer, el alemán solicitó la presencia del médico aprovechando un descanso. El galeno se hizo esperar cerca de 15 minutos. El partido, parado. Y al bueno de Carlos, no se le ocurre otra cosa que preguntarle a un recogepelotas si quiere pegar unas bolas. Y allá que se ponen a jugar, para el deleite de los 2.500 espectadores. El chaval, se defiende, y cuando Kiefer se recupera, el público estalla en una gran ovación. En parte, para el recogepelotas, en otra, para el mallorquín. Moyá pierde, pero qué más da…. Otra muestra de su talla humana la ofrece en 2005 donde, tras ganar en Umag, dona el premio a las víctimas del tsunami… Volvamos al tenis. El año 2005 acaba con Moyá en el puesto 31 y el 2006 en el 43. En 2007 resurge hasta el puesto 15 para terminar el 17. En 2008 termina el 42. A principios de 2009 decide operarse de la cadera y pasar un año en blanco.
Y este año, tenemos a un Moyá “nuevo” en su reaparición. Es muy difícil que vuelva a ganar algún torneo. Ahora se encuentra en el puesto 639 del ranking (8 de Marzo). Juega torneos escogidos. Muchos de ellos con invitación, otros mediante la protección de ranking, derecho que puede utilizar hasta en ocho eventos esta temporada, disfrutando así de un ficticio número 52 del mundo.
El Moyá versión 2010 disfruta de cada partido. Busca las sensaciones agradables pese a sus dolores. Quiere recordar para siempre este 2010. Ha declarado “Es un orgullo que reconozcan la trayectoria de uno porque lo fácil es acordarse cuando estás arriba. Mi idea es disputar todos los torneos que han sido importantes para mí”. Y el caso es que Carlos está poniendo en práctica diversos mecanismos encomiables, inteligentes y adaptativos, pero no por ello habituales entre las personas que afrontan su retiro. En primer lugar, su agradecimiento al reconocimiento recibido. En segundo lugar, la voluntad de buscar la felicidad en los momentos de declive profesional. Y en tercer lugar, la fidelidad a sí mismo y a su trayectoria. Actitudes que me parecen encomiables en una persona y en un profesional. Tomemos nota.

jueves, 18 de febrero de 2010

Molowny y el contrato social


El reciente fallecimiento de D. Luis Molowny me ha traido a la mente un artículo que publiqué años atrás en la revista Mediapunta, que reproduzco íntegamente. Molowny, un entrenador con "Don".
Entrenadores, hay muchos. Los hay nacionales y extranjeros, estrictos y flexibles, de la casa y de talonario, vehementes y fríos, científicos y verborreicos… Sin embargo, la característica que los clasifica en una taxonomía definitiva es la confianza. La confianza es una esperanza firme que se tiene en una persona. A mi parecer, la máxima expresión de la confianza en el fútbol nacional ha sido Luis Molowny.
La confianza en Don Luis, la heredé de mi abuelo. No recuerdo con exactitud en cuál de las sucesivas crisis que vivió el Real Madrid en los años setenta u ochenta, mi abuelo pronunció una frase concluyente: “Esto lo arregla Molowny”. No puedo precisar si el técnico canario fue capaz de enderezar la situación, pero, a la vista de su palmarés como técnico, estoy seguro de que fue así.
La carrera como entrenador de Luis Molowny estuvo precedida por su brillante andadura como jugador. Con sólo veintiún años, en 1946, es traspasado del Marino de Las Palmas al Real Madrid en una operación audaz del club blanco. Don Santiago Bernabéu, tras leer en “La Vanguardia” el interés del F.C. Barcelona por el jugador, envió en avión a Quincoces a las islas para, de esta forma, adelantarse a la delegación del Barça, que viajaba en barco, y hacerse con los servicios del jugador canario. “El Mangas”, apodado de esta manera por cogerse el extremo de la zamarra con los puños (hay quien dice que para protegerse del frío mesetario capitalino), era un extremo exquisito que suplía su limitada velocidad con una técnica depurada y un extraordinario regate. Con el Madrid, conquistó dos Copas de Europa, tres Ligas y una Copa del Rey. Fue internacional en 7 ocasiones, representando a España en el Mundial de Brasil 1950. En 1957 es traspasado a la U.D. Las Palmas donde colgaría las botas tres años después.
Tras entrenar en diversas ocasiones al conjunto canario hasta 1970, periodo en el que el club amarillo vive su mayor esplendor, conquistando un subcampeonato de Liga, recala en el cuerpo técnico del Real Madrid. En la Casa Blanca, a lo largo de distintas etapas, dirige a la primera plantilla sustituyendo de forma puntual o semipermanente a los entrenadores “titulares” Miguel Muñoz, Miljan Miljanic, Bujadin Boskov y Amancio Amaro. En este periodo, que comienza en 1974 y concluye en 1986, Molowny dirige más de cien partidos y conquista tres ligas, dos Copas del Rey y dos Copas de la UEFA.
Durante estos años, “El Mangas” tomaba las riendas del equipo tras una derrota más o menos humillante (como la que propició la salida de Don Miguel Muñoz de Chamartín tras el 0-5 del Barça de Cruyff), y reconducía la errática situación para lograr algún título a final de temporada. En algunas ocasiones, la temporada siguiente era reemplazado sin más, en otras, continuaba una temporada completa si no se encontraban opciones más “atractivas”. De esta manera se convirtió en el paradigma de “hombre de la casa”. El arquetipo de la confianza.
Analizando su figura con la perspectiva del tiempo, Don Luis con toda probabilidad ponía en práctica con éxito una de las teorías de mayor calado que explican la formación de grupos humanos: el contrato social. En el universo del vestuario, Molowny establecía un compromiso entre personas. Aquellos pactos sociales no parecían estar basados en el sometimiento a una autoridad superior, sino en la cooperación de iguales que desempeñan distintos roles para lograr el bien común. El filósofo francés Rousseau defendió que el vínculo en el contrato social no se hallaba en la fuerza o la sumisión, por el contrario, los hombres voluntariamente se someten a las reglas de la sociedad, a cambio de beneficios mayores. Supongo que, en este controvertido tema de la motivación y la dirección de personas, las teorías fundamentales están establecidas muchos años atrás, y puestas en práctica con éxito en todos los ámbitos de aplicación, incluido el fútbol. Molowny, impulsado por su liderazgo humano, generaba confianza en los aficionados y motivaba al vestuario para alcanzar sus objetivos. Considero que, en esencia, esa es la tarea del entrenador. Parece que hay muchos que lo han olvidado.

miércoles, 27 de enero de 2010

Tanda de penaltis


Para mí, en el mundo del fútbol, no hay nada más emocionante que una tanda de penaltis. Nada que sea capaz de contener y liberar las efusiones de implicados y espectadores de forma más síncrona y pautada. Lo mejor y lo peor en cinco minutos. Espectáculo puro.
Aunque el origen del penalti data de 1890 (William McCrum), las primera tanda de penaltis se remonta a 1962, al Trofeo Ramón de Carranza, invención de Don Rafael Ballester. A partir de ahí, ya en los años setenta, se implanta de forma progresiva como resolución obligada en el partido de vuelta en eliminatorias de doble partido. Así, se instituye en la Copa del Rey y en las diferentes copas europeas (Copa de Europa, Recopa y de Ferias), para posteriormente colonizar las competiciones FIFA. Un buen amigo, fiel atlético, siempre me dice que si en 1974 la final hubiera admitido la tanda de penaltis, el Atlético hubiera sido campeón de Europa…
Sea como sea, las tandas de penaltis han colaborado a agrandar la leyenda de los porteros (Clemence , Arconada, Grobbelaar, Pfaff, Dukadam, Kahn, Goycochea, Dudek, Seaman, Taffarel, Casillas, …), la desgracia pasajera de no pocos jugadores de campo (Heynckes , Eloy, Baggio, Terry, Joaquín, Shevchenko, Graziani, Aldo Serena, Pellegrino, Eto'o…) y la gloria de los últimos goleadores (Cesc, Hrubesch, Panenka, Kennedy, Drogba…). Sin embargo, una característica bastante poco usual de estos desempates los hace particularmente interesantes. Se trata de la obligación de que, una vez finalizados los cinco primeros lanzamientos con empate, se sigan lanzando penaltis hasta deshacer las tablas. Y esto incluye a los porteros.
De todos es conocida la habilidad de muchos porteros ejecutando activamente la pena máxima. Los exponentes máximos de estos porteros ofensivos quizá sean Chilavert y Ceni. Sin embargo, no es una habilidad común. Sólo hay que visitar los campos de primera de forma asidua para darse cuenta de ello. Sin embargo, muchos guardametas se han visto ante la necesidad de enfrentarse a la necesidad de chutar un penalti. De contribuir con su aportación en un aspecto habitualmente inexplorado, pero no por ello menos crucial. De asumir un rol circunstancial fuera de su competencia. Toda su organización dependerá de ello.
Aquí, el ejemplo que siempre he tenido en mente es la final de la Copa del Rey de 1977. Athletic de Bilbao y Betis. El primero, favorito, dada su trayectoria copera, su reciente subcampeonato de la UEFA, que cede por el valor doble de los goles en campo contrario ante la Juventus de Zoff, Gentile, Scirea, Tardelli, Boninsegna y Bettega y su plantel en el que figuran Alexanco, Villar (por cierto, que cuando se edita este artículo hackeada), Irureta, Dani, Rojo y el gran Iríbar. “El chopo” es, para muchos, junto a Don Ricardo Zamora, el mejor guardameta español de todos los tiempos. El Betis contaba con un equipo equilibrado donde Cardeñosa ponía la calidad y Esnaola su impronta de portero vasco, donostiarra, para más señas. Y es que este dato no es baladí, porque después de la salida de Esnaola en 1973 (por 12 millones de pesetas), el viejo Atocha vio pasar a Artola, Urruti y Arconada. Ahí es nada.
Volvemos al Calderón. 25 de junio de 1977. El final de los 90 minutos refleja un empate a uno. La prórroga con empate a dos. Penaltis. Primera tanda de cinco: fallan Cardeñosa y Dani, los especialistas. Seguirán chutando. El octavo lo decide tirar Esnaola. Con la derecha engaña a Iríbar. Marcan todos los jugadores hasta que en el décimo penalti, Iríbar decide lanzar. Por delante de Astrain. Chuta por el mismo lugar donde antes había marcado Esnaola, sin embargo, el donostiarra adivina la intención, se lanza y para. La Copa es del Betis.
La historia del fútbol cuenta con tandas de penaltis interminables. En todas ellas, tarde o temprano el portero debe chutar. En la última final de la Copa griega de 2009, el Olympiakos de Valverde chutó 22 penaltis para hacerse con el trofeo. Nikopolidis (cuyo apodo es George Clooney) anotó 2 penas máximas. El último gol dio el triunfo a los del Pireo. “Clooney” siempre golpeó el último en su tanda, siempre a su izquierda con la derecha. Fuerte, raso y algo con la puntera, la verdad.
La contribución de Nikopolidis fue, como la de Esnaola, fundamental. En el mundo de las organizaciones, la flexibilidad es una de las características de los recursos humanos competentes. Esta flexibilidad en muchas ocasiones tiene una incidencia muy dispersa, aunque crucial. Además, la flexibilidad no es una cualidad que implique confort. Muy al contrario, supone escapar de una zona de seguridad para adentrarse en terrenos desconocidos. Así, en el ámbito laboral donde las recompensas suelen ser muchísimo menos atractivas que en el deporte de alta competición, dicho fomento se antoja complejo para empleados y gestores. Por tanto, ¿cómo convencer a los gestores de que hay que dotar un tiempo y unos recursos para “entrenar” los “penaltis”? y, por otra parte, ¿cómo podemos motivar a “entrenar” y a “chutar” a los empleados? Inmersos en los tiempos en los que estamos las soluciones no son obvias...

lunes, 7 de diciembre de 2009

Divismos

Según el diccionario de la RAE, divo, en su primera acepción se define como “Dicho de un artista del mundo del espectáculo, y en especial de un cantante de ópera: Que goza de fama superlativa”. El sabio catálogo apunta además que el término es usado en muchas ocasiones en sentido peyorativo. El caso es que esa fama superlativa suele ser un distorsionador de la realidad importante y, para muchos, incomprensible. En este entorno, los “divos” y “divas” se encuentran allá donde su fama les sitúa. Y así nos encontramos divos operísticos, rockeros, poperos, teatrales, cinematográficos, literarios… y ante esta avalancha, los “mortales” nos topamos con historias sobre flores de colores como requisito para alojarse en un hotel, toallas por miles para actuar en determinado evento, compras estrafalarias, destrozos… Excesos propios del divo-a: divismos, tal y como recoge la RAE.

Y luego está esto del fútbol. Claro. Son muchos los ejemplos de divismo en el mundo del fútbol, en el de antes, aunque en menor medida, y en el de ahora. Se trata de otro tipo de excesos, resulta evidente. Pero son excesos, no lo olvidemos. Hablemos del Real Madrid-Almería.

Un día de incipiente frío mesetario de principios de diciembre, en pleno puente, el Almería visita el Bernabéu. Un buen portero (Diego Alves), un interior rápido de la estirpe íbera-escurridiza tan característica de las Hispanias Bética, Lusitana y Tarraconense (Albert Crusat), un medio granítico de destacables cualidades defensivas (M’bami) y algunos honrados profesionales más, dirigidos por el mejor rematador de la historia de Chamartín (Hugo Sánchez). Entre los locales, Cristiano vuelve al Bernabéu en Liga. La cosa empieza muy bien para los blancos. Pero Alves hace su trabajo. Tras 20 minutos frenéticos de empuje blanco, Alves mantiene su red tal y como la dejó el linier. Diez minutos después, Cristiano, acostado a la derecha del gol norte, centra con clase a la cabeza Ramos. Sergio se eleva, poderoso, sobre Acasiete, algo tímido, la verdad. Golazo. Tras la celebración circense del sevillano, Cristiano, le recuerda que el pase ha sido suyo. Nos vamos al descanso.

En el inicio de la segunda parte, el Real Madrid se descompone (según un agudo espectador sentado a mi espalda, aún más de lo que estaba…). Iker salva una estirándose abajo a su izquierda. En la jugada siguiente, en pleno desconcierto blanco, Soriano empata de rebote. Luego, Uche marca también. El rumor va en aumento. Cristiano se agita. Se le tuerce la cosa. Escucha algo resignado las indicaciones de Alonso que, superado por M’bami, trata de recomponer la figura del equipo con evidentes gestos que exhortan a sus compañeros a juntar las líneas. Cristiano va a lo suyo. En una jugada como otra cualquiera, agrede a Crusat, al que le saca una cabeza. Roja directa, espeta el parroquiano de detrás, algo mosqueado ya. Y esto es lo que piden los jugadores del Almería. El portugués, lejos de arrepentirse, manda callar a sus oponentes. Mantenella e no enmendalla. Alonso ladea la cabeza.

El empuje del Madrid propicia el empate de Higuaín y, tras esto, viene la jugada del penalti, a juicio de muchos, inexistente. Cristiano se apodera de la pelota, decidido a arreglar el desaguisado pateando desde los once metros. Chuta con su derecha a la derecha de Alves quien, adivinando la trayectoria, se estira y salva. El rechace lo recoge Benzema que, a la sazón, llega con presteza sospechosa. Marca, eso sí, de forma inapelable. Cristiano se queda absorto en los once metros. Granero se dirige al luso quien, en su mundo de divo, no comprende cómo él no forma parte de la fiesta. Ni mira a su compañero.

Aquello sigue, ya en otro tono, con el Almería muy menguado. Dos minutos después, Higuaín se escapa por la derecha. En su carrera, ve a Cristiano que cobra ventaja por el centro gracias a su extraordinaria velocidad. Centra. Cristiano acomoda su carrera a la llegada del balón y marca. En su celebración se dirige a la esquina este del fondo sur, justo al lado contrario de donde le llegó el pase. Donde están los fotógrafos. Va quitándose la camiseta. Cuando por fin se zafa de ella, le espera la foto. Allí está él, sin un compañero que le haga sombra. Como un Antínoo del siglo XXI. Pleno de sí.

Tarjeta amarilla, era evidente. Cinco minutos después, llega el exceso final. En una jugada donde Cristiano tuvo la oportunidad de combinar con hasta tres compañeros, se entregó a la filigrana innecesaria. Ortiz, que no quiere ser parte de la fiesta, le tira una tarascada fea. El portugués devuelve el golpe aún más a destiempo. Segunda amarilla. Igual era roja directa, pero como indica el acta, se trata de la segunda amarilla. Dos espectadores a mi derecha comentan, algo azorados, el pase de modelos del cuarto gol y se acuerdan de su inutilidad. El agudo parroquiano recuerda que el próximo partido de liga se juega en Mestalla, que no es poca cosa. Este ha sido el partido de Cristiano, para lo bueno, que es muchísimo y para lo malo, que es más de lo que debería.

Cristiano vale el precio de la entrada. Y es, de largo, el mejor jugador del equipo. Sin embargo, se hace difícil pensar en un liderazgo del luso en el grupo a tenor de su comportamiento. ¿Cómo se podría adecuar sus actuaciones a lo que se espera de él? ¿de qué forma se han de conducir sus excesos? ¿cómo gestionarlo? ¿quién debe hacerlo? En suma, ¿cómo alinear los objetivos individuales con los grupales en los equipos humanos? Aquella vieja pregunta con una esquiva respuesta...

miércoles, 11 de noviembre de 2009

A vueltas con Agassi


Hace algunos meses ya traté en este foro las tribulaciones de André Agassi para recuperar su puesto en la cumbre del tenis a partir de su batacazo de 1997. Hasta hace sólo unas semanas todos pensábamos que su pérdida de estatus se debió a una lesión de muñeca y a ciertos problemas sentimentales... Ahora, en la publicación autobiográfica 'Open: an autobiography', el tenista revela que, en aquel año, consumió la metanfetamina Cristal. Pero la historia no acaba ahí, ya que también confiesa que un test rutinario reveló el positivo y que, tras una carta alegatoria (y mentirosa) dirigida a la ATP, la Asociación de Tenistas Profesionales tapó el asunto… Esta circunstancia ha provocado reacciones inculpatorias tanto dentro del tenis (Federer, Nadal, Becker, Bruguera, Arantxa Sánchez Vicario…) como fuera del mismo. Y estas reacciones han arreciado cuando se han filtrado algunas de las opiniones sobre sus compañeros que el de Las Vegas ha incluido en su seguro best-seller.
Toda esta historia más o menos triste me sugiere una serie de reflexiones sobre el asunto nuclear de la confesión y el proceso de ocultación que expongo a continuación para su reflexión:

  1. La multiplicidad de raseros. También en el tenis. Parece que a Agassi le pasaron por alto aspectos que otros tenistas tuvieron que pagar(Korda, uno de los mejores reveses que recuerdo, nandrolona, Mariano Puerta, rival de Nadal en su primer Roland Garros, clembuterol en 2004 y epinefrina en 2005, Guillermo Coria, nandrolona en 2001 o más recientemente Volandri, salbutamol e Ivo Minar, methylhexanamina). Muchos podrán indicar que la droga que fue detectada en Agassi se toma con fines recreativos, pero aquí nos encontramos el caso de Gasquet (cocaína). El bueno de Richard sostiene que un beso produjo el intercambio de sustancias entre una desconocida y él mismo... Sea como sea, cumplió la sanción. No sabemos si el francés es culpable desde un punto de vista moral o no, pero lo cierto es que la cocaína, droga-plaga recreativa de nuestra era, ha alcanzado también a grandes tenistas en el pasado (Vitas Gerulaitis, Pat Cash…). Y en este escenario, quizá lo menos que puede hacer un tenista es poner en entredicho la credibilidad de la ATP, como ha hecho Michael Stich. En esta incierta circunstancia en la que se encuentra la ATP atisbamos, eso sí, un rasgo bello; enconmiable: la solidaridad. Sí, amigos lectores, la asociación de tenistas, atónita ante la "injusta" duda arraigada en la opinión pública en relación a la limpieza de otros sectores (el sector financiero, el institucional…), se suma a la lista de instituciones en entredicho.
  2. El nombre como marca. Mi buen amigo E. introdujo en mi vida hace ya algún tiempo las LoveMarks. Una Lovemark, siguiendo el concepto enunciado por Roberts, viene a ser algo así como aquella “marca” que produce lealtad en el consumidor más allá de lo razonable. Está claro que si en los últimos años ha habido un jugador LoveMark, ese es Agassi. Y lo ha explotado de forma admirable. Ha rodado spots legendarios: con pelo, sin pelo, con Brooke, sin Brooke y con Steffi, sin niños, con niños... Y todo eso se le debió derrumbar a Agassi cuando el positivo llegó a sus manos. No sabemos aún si este 'Open: an autobiography', vuelve a ser una consecuencia de las capacidades mercadotécnicas del de Nevada…Pero de ser así, esta sería una forma igualmente admirable de llamar la atención sobre sí. Y deseo dejar de lado si Agassi "necesita" los royalties del libro o no, o si, como él mismo confiesa, el sentimiento de culpa y la necesidad de revelar la verdad le ha conducido a la "confesión".
Está claro que en esta historia lo que podemos aprender del deporte no es mucho, al menos no mucho y edificante. Sí podemos aprender que, como en el resto de las facetas humanas, hay un grupo de privilegiados que disfrutan de beneficios por encima de lo imaginable y otros que no. Que unos pocos rentabilizan su posición y a esos, el stablishment no les dejará caer jamás. A los demás: el conducto reglamentario. Si hay suerte, claro.
Y por último, ruego me disculpen, está el esperpento de la peluca… ¡Inadmisible! Aquí, reconozco, que me ha podido el orgullo alopécico. André, amigo, compañero, pero también eso…

jueves, 15 de octubre de 2009

Sindelar: Jugar o no jugar


Tras algunos meses de calma, la zozobra ha vuelto a rodear a la Selección Española de Fútbol. Parece que algunos jugadores han abandonado la concentración antes del último e intrascendente partido de clasificación para el Mundial de Suráfrica 2010. Y, atendiendo a las informaciones de diversos medios, llueve sobre mojado.

Esta circunstancia me ha hecho recordar otros tiempos y otras circunstancias que abordé hace ya algunos años (en la Revista Mediapunta), y que reproduzco aquí con el ánimo de que ésta sirva de reflexión al lector sobre los temas clásicos de los valores y el compromiso.

Hubo una época lejana en el que saltar al campo o no hacerlo podía determinar el destino de los jugadores. Y nada tenía que ver con las primas, ni los regímenes internos o la comodidad. Se trataba del honor y la rectitud, la verdad y la valentía.

La Europa de entreguerras poco tenía que ver con el estado del bienestar. En la depauperada Austria de la época, rota por la desmembración nacional, el desempleo y las deudas de guerra, surgió el que, para muchos, ha sido el mayor talento futbolístico de centroeuropa: Matthias Sindelar, “el Mozart del fútbol”. Se trataba de un delantero centro ligero e inteligente y dotado de una exquisita calidad. Ésta le permitía, en aquel fútbol dominado por el WM, participar de la distribución del mediocampo, abandonando su posición de ariete para propiciar llegadas de los centrocampistas. El juego raso de pases cortos que ideó Hugo Misl para Sindelar, Horvath y Viertl, entre otros, es considerado precedente de la selección de los “Mágicos Magiares” de los cincuenta y del fútbol total de la “Naranja Mecánica” de Rinus Michels en los setenta.
Nacido en el seno de una familia de escasos recursos, el conocido como “hombre de papel”, quedó huérfano de padre, como tantos otros entonces, a la edad de catorce años. En la dura postguerra, Sindelar desempeñó diversos oficios compaginando su quehacer con los partidos jugados en el equipo aficionado del Hertha de Viena. Todo empezó a cambiar cuando en 1924 fue fichado por el Austria Viena. Algún tiempo después debutó con su selección contra Suiza anotando un gol. Ya en la década de los treinta, la concentración de grandes jugadores austriacos condujo a la formación del Wunderteam (equipo maravilloso). No obstante, la ausencia del fútbol en la cita olímpica de 1932, la derrota en semifinales contra los anfitriones en Italia 1934 y la nueva derrota contra Italia, esta vez en la final de Berlín 1936, privaron a Austria de un mayor reconocimiento internacional. Esta es, hasta donde hemos contado, una historia relativamente común. Sin embargo, el destino reservaba a Sindelar un fin singular y trágico.
La pujanza económica y política de la Alemania de Hitler, unida a la crisis económica austriaca y a la connivencia de la mayor parte de la sociedad determinaron la anexión de Austria en 1938. Sólo 20 días después de la entrada de Hitler en Viena, se jugó el último partido internacional de aquella gran Austria. Los nuevos dirigentes organizaron un partido amistoso entre Alemania y el Wunderteam. El partido no trascurrió de la forma que se había previsto, y Alemania perdió 2-0. Sindelar marcó un gol y celebró el triunfo de forma “excesivamente” llamativa. Sólo una semana después, más del 99% de los austriacos ratificaron en referéndum la anexión austriaca a Alemania.
El Mundial de Francia 1938 de ese verano, era un objetivo prioritario para el ministro de propaganda alemán Joseph Goebbels. La selección resultante de la fusión de la capacidad física alemana y la calidad de la escuela del Danubio debía ser todopoderosa. Sindelar sería necesariamente su delantero centro. Pero se negó a jugar defendiendo la camiseta alemana. Alemania, abucheada en masa por el público francés, cayó de forma sorprendente en primera ronda frente a Suiza por 4 goles a 2, después de ir ganando por dos tantos de diferencia.
El Enero del año siguiente, el cadáver de Sindelar fue encontrado en su piso vienés. Las circunstancias que rodearon su muerte nunca fueron totalmente aclaradas, a pesar de que los informes policiales establecieron la causa del fallecimiento en la deficiente combustión de una estufa. Sin embargo, la estufa no presentaba defectos aparentes y en la habitación no se percibía olor a gas. Se especuló con el suicidio inducido por la situación del país, por motivos amorosos, la acción directa de los nazis que le acosaban… Ocho meses después, la Wechmart invadía Polonia iniciándose así a la Segunda Guerra Mundial.

lunes, 21 de septiembre de 2009

Sobre el ferrocarril alemán, las estrellas y el grupo


A lo largo de la historia se han establecido diferentes clasificaciones de los grupos humanos. Así, han surgido agrupaciones más o menos absurdas en función de las razas, las religiones, los signos del zodiaco, las clases sociales, los números... Es posible que estas clasificaciones se hayan establecido con el único propósito de reducir la extraordinaria complejidad del ser humano y del mundo que le rodea. Lo que sí es cierto es que los clasificadores resultan, por lo general, muy beneficiados de la aplicación de sus catálogos. Y quizá ésta sea la razón por la que algún tiempo atrás, traté de construir una teoría para clasificar las selecciones de fútbol. Para ello me ayudé de los medios de transporte. Encontré algunas metáforas interesantes: Brasil es un jet privado, Argentina un SUV elegante, Italia es un transbordador de sólido acero y Alemania es, por encima de todo, un potente y fiable ferrocarril.
De todos(as) los medios de transporte (selecciones), el ferrocarril (Alemania) es el (la) más predecible. Es posible que no sea puntual, pero es seguro que su trayecto es invariable. Y en esa fiabilidad germana recae su atractivo. No hay sorpresas, sólo trabajo, mecánica e inalterabilidad. Y a muchos nos fascina. Puede ser porque para los alemanes la rendición no exista. Es posible que nos hechice su permanente afán de victoria. Puede ser que nos cautive su solidaridad y cohesión, que transforma piezas variadas en verdaderas ingenierías humanas.
Muchos futboleros arguyen que siempre ha habido mejores jugadores que los alemanes. Y están en lo cierto. Gullit y Franco Baresi tuvieron más calidad que Lothar Matthäus. Zico y Maradona fueron mejores que Rummenigge. Pelé y Cruyff superaron en muchos aspectos a Beckenbauer. Puskas y Czibor fueron superiores a Fritz Walter. Sin embargo, el valor añadido de Alemania nunca ha estado limitado a la aportación figuras individuales. La diferencia la ha marcado el equipo. No en vano durante el mundial de 1990 a Matthäus le acompañaron Rudi Völler, Jürgen Klinsmann, Thomas Hässler, Pierre Littbarski y Andreas Brehme, entre otros. Con Rummenigge se alinearon en 1980 Harold Schumacher, Manfred Kaltz, Uli Stielike, Hans-Peter Briegel y Bernd Schuster, por ejemplo. En la Eurocopa de 1972 Beckenbauer jugó con Sepp Maier, Paul Breitner, Jupp Heynckes, Günter Netzer y “Torpedo” Müller. Por último, Fritz Walter obró el “Milagro de Berna” junto con Posipal, "Der boss" Rahn y Morlock. Y esta amalgama de talento y músculo, de voluntad y consistencia, parece que ha conformado en los últimos cincuenta años un equipo sólido y fiable. Como los buenos ferrocarriles.
Las organizaciones siempre necesitan del talento. Pero también del orden. Dependen de la brillantez tanto como de la armonía. Esta reflexión me asaltó ayer en la grada del Bernabéu, desde la que, de forma nitidísima, se pudo ver cómo 11 jugadores muy bien ordenados pudieron durante muchos minutos con la constelación. Pero volvamos a nuestro tema… El fútbol alemán no ha dado nunca (a mi entender) el mejor jugador del mundo en un instante determinado. Pero casi siempre ha contado con buenos jugadores, grandes atletas y con uno de los mejores equipos del planeta. No en vano, como indicó el gran Gary Lineker, el futbol es un deporte que inventaron los ingleses, juegan once contra once, y siempre gana Alemania. Puede que al buen ariete inglés le pudiera la ofuscación de la derrota, sin embargo, desde el Mundial de 1966, Alemania sólo ha faltado de las primeras cuatro posiciones en dos ocasiones (EE.UU. ’94 y Francia ‘98). “Sólo” han ganado dos mundiales en ese tiempo, pero… ha jugado la final en cuatro ocasiones más. Es decir, siguiendo la corriente apostadora que nos invade, se garantiza una presencia en la final en un ¡50%! (en los últimos cuarenta años). Y una presencia en la semifinal en más de un 80% de los casos en ese mismo tiempo… ¿No es esto mucho más de lo que nosotros exigiríamos para cualquiera de nuestros proyectos personales o profesionales?...
Quizá todos recordemos el Mundial de México 1986 por Maradona (la mano de Dios, el Barrilete Cósmico…), por el penalti de Eloy, por el "Buitre" en Querétaro, por la venda de Camacho o por el gol fantasma de Míchel… pero yo, no sé la razón, recuerdo la remontada de Alemania contra Argentina (a la sazón muy superior) en la Final. Luego, marcó Burruchaga, pero en los diez minutos anteriores creo que todos pensamos que ganaría Alemania. Ese ferrocarril.

jueves, 9 de julio de 2009

Aquella Motivación de Karembeu


La motivación puede ser definida como la voluntad para realizar algún esfuerzo. La motivación se produce por la necesidad de cubrir alguna carencia, cuya naturaleza puede abarcar desde la cobertura de las necesidades primarias hasta las de autorrealización. No sé qué conjunto de necesidades vino Karembeu a satisfacer al Real Madrid, hace ya algunos años, pero lo que sí tengo claro es que, al menos durante un tiempo, parecía estar muy motivado.
Christian Karembeu comenzó su carrera en la alta competición en 1990 jugando para el Nantes. Sus virtudes de centrocampista sacrificado le llevaron a la Sampdoria de Bujadin Voskov en 1995. Allí compartió vestuario con Clarence Seedorf, hasta que, al final de la temporada, el tulipán fichó por el Madrid de Capello V1.0. Ese mismo verano, Karembeu acudió con Francia a la Eurocopa 1996 celebrada en Inglaterra (Football is coming home). Aquella selección de Jacquet presentó a buena parte de los jugadores que luego se alinearían con la campeona del mundo, pero también excluyó a algunos de los mayores talentos de su tiempo: Cantona, Ginola y Papin. Puede que este tipo de apuestas sean necesarias para conseguir ciertos objetivos a largo plazo… Los franceses se midieron en un grupo a España, Bulgaria y Rumanía. Ellos pasaron primeros, España, con gol de Guillermo Amor en plancha, agónica y segunda. España cruzó con Inglaterra y perdió por penalties (Hierro y Nadal erraron sus lanzamientos frente a Seaman). Francia hizo lo propio con la Holanda de los de Boer 1 y 2, Kluivert, Blind… Pero no pudo reeditar su éxito en las semis, cayendo en el sexto penalti frente a la República Checa, a la postre, subcampeón contra Alemania.
El caso es que en la temporada siguiente, Karembeu fue apartado de la Sampdoria debido a las presiones del de Nueva Caledonia para forzar su traspaso al Real Madrid (o al Barcelona). Lo consiguió por fin en el mercado de invierno. Y un día estepario de Enero hizo su debut frente al Alavés en la Copa. El Madrid fue eliminado. Pero aquella era la temporada de Christian. Y lo demostró en la Champions. En su primer partido europeo marcó de punterazo en la ida de los cuartos frente al Bayer Leverkusen en Alemania. Y volvió a marcar en la vuelta, esta vez de cabeza. En la ida de las semifinales, unos tipos se subieron a las vallas del fondo sur del Bernabéu. El peso de aquella humanidad motivó que las vallas cedieran y cayeran sobre la portería, que se rompió sin remiendo posible. Se trajo a mano una portería de la Ciudad Deportiva. Después de algún despacho diligente, el cachondeo general terminó, el árbitro consintió y el partido, por fin, comenzó. Karembeu marcó de nuevo con la puntera. Ese recurso, su recurso. El Borussia Dortmund, quizá aún atónito por el espectáculo, se difuminó en un rotundo 2-0. Y el Madrid, reforzado por la motivación de Karembeu, y dice Fabio que por su trabajo en Capello V1.0, ganó la séptima con gol de Mijatovic y muchísimo sufrimiento a la Juventus de Zidane. Y todos al mundial. Y allí Christian vuelve a ganar. En Diciembre de ese año se casa con la modelo Adriana Sklenarikova, a la que conoce en un vuelo de Milán a París dos años antes… No tengo palabras.
Supongo que algo así como la inercia llevó a Karembeu a conquistar la Champions y la Eurocopa en 2000, ya en un plano mucho más secundario. Ya no era aquel jugador que marcaba de cabeza con los ojos cerrados o de punterazo tras contraataque en solitario. La motivación no se encontraba ya en su coctel competitivo. Y, pese a que jugó algunos años más, no fue el mismo. Quizá la imagen que muchos nos forjamos de él estaba distorsionada por su rendimiento extra. Puede que en sus años finales, simplemente, no encontrara ninguna necesidad más que satisfacer.
Hoy, Christian Karembeu lucha en Google por ser el primer resultado que aparece cuando se busca su nombre. De momento, las imágenes de su mujer gozan de mejor ranking.

lunes, 15 de junio de 2009

Pardeza: La adaptabilidad como respuesta


Recuerdo la primera vez que fui consciente de la existencia de Miguel Pardeza. Creo que se trataba de algo así como una noticia breve en la revista Don Balón. Casi seguro que era verano, porque aquella era la época del año en que mi padre me compraba esta publicación con el propósito de que, al menos por un rato, la paz llegara a una de esas casas de vacaciones del inicio de los años ochenta. El caso es que, en una de las páginas en blanco y negro había una foto y un texto breve. Me llamó la atención y me quedé con el nombre. Algunos meses después, el artículo publicado en el diario EL PAÍS ‘Amancio y la “Quinta del Buitre”’ de Julio César Iglesias cambió la historia de Pardeza y de cuatro de sus compañeros (Míchel, Sanchís, Butragueño y Martín Vázquez).
Desde aquel día de estío, Pardeza siempre me fue cercano. Quizá porque le asumía como mi “descubrimiento”. O porque jugaba de maravilla. O porque parecía que a nadie le importara aquel jugador pequeño y delicado, pero rápido y astuto. O puede que porque se tuvo que marchar del Real Madrid rumbo a Zaragoza. O qué sé yo… La cuestión es que siempre me ha sido simpático.
Cuando colgó las botas, allá por 1998 es posible que ya hubiera enterrado en mi mente la noticia breve de Don Balón, pero no la cercanía al personaje. Y la cuestión es que, por motivos profesionales, tuve cierta relación varios años después con Miguel Pardeza. Gracias a ello, descubrí que, además de un gran jugador, era un articulista elegante y de buen gramaje, y también una persona juiciosa, reflexiva y confiable.
Miguel Pardeza se me presenta como un hombre esencialmente culto. Sin citas artificiosas. Alejado de los eruditos a la violeta, de la charlatanería y del simplismo. Y, por si fuera poco, estas cualidades tan infrecuentes, empapan su prosa y su discurso.
En esta última semana he tenido la oportunidad de ver en la TV, más concretamente en Libertad Digital TV, una entrevista en profundidad con Pardeza, a la sazón nuevo Director Deportivo del Real Madrid. El entrevistador le preguntó por los retos del nuevo cargo.
- “En primer lugar, encajar” – respondió Miguel Pardeza.
Y esta respuesta plena de seguridad, resulta ser el paradigma de la adaptabilidad. Así, en esta flexibilidad se vislumbra la humildad para adaptar nuestro comportamiento a un entorno establecido y la capacidad para superar los frenos al cambio que supone todo nuevo reto profesional. Y en suma, ser capaz de articular la competencia de adaptabilidad emocional, que, entre otras, caracteriza a los gestores emocionalmente inteligentes, como señala Goleman.
Pero esta competencia no es común. Todos conocemos casos de gestores autoritarios y cerriles (y en muchos casos y, por desgracia, exitosos…), ignorantes de los deseos y necesidades de sus subordinados y ajenos al entorno empresarial y económico. Este modelo de gestión cohabita con el de los gestores que, atendiendo a un libro de reciente publicación, construyen organizaciones flexibles, vertebradas en torno a procesos adaptativos.
Deseo todos los éxitos a Miguel Pardeza, pero, sobre todo, espero que pueda mantener su aproximación, y que, con el tiempo, dejemos todos de confundir la audacia con la obstinación.

miércoles, 20 de mayo de 2009

Agassi: una historia de grandeza y humildad


El otro día un (gran) amigo me regaló una camiseta dedicada a uno de los deportistas a los que más aprecio. En ella, unos pocos datos resumían una carrera: 3 cortes de pelo, 2.537 pares de calcetines, 14.192 cordajes, 8 Grand Slam… Se trataba de Andre Agassi.
Andre es hijo de un emigrante iraní de origen armenio (su verdadero apellido es Agassian). Para todos los que nos gusta el tenis, Agassi fue un descubrimiento. A mí me impactó allá por 1987. En aquel tiempo en el que McEnroe ya no dominaba la era post-Borg, Iván Lendl era el indiscutible número uno del tenis mundial (sobre todo, tras la final de Roland Garros de 1984…). Sí, Wilander, Becker y Edberg le disputaban su cetro, pero Lendl imponía un estilo. El precioso revés a una mano, la derecha contundente, las muñequeras largas, la raqueta Adidas, el polo de rombos, sus caprichosas pero oportunas pestañas… Sin embargo, aquel hombre impasible no conectaba con el gran público (al menos no conmigo). Y los demás, tampoco. McEnroe resultaba antipático, Edberg, era elegante pero soso, algo así como Wilander, y Becker… pues, no sé. Connors, cuyo encanto resistía desde los tiempos de Borg, ya estaba en franca retirada. Cash lo tenía casi todo, pero era inconstante. Un día como cualquier otro, apareció Agassi. La melena, la ropa, la actitud, las mujeres que le rodeaban… La derecha perfecta, el resto fulgurante, el revés a dos manos, la no-volea… Todo tenía su gracia. Y además, ganaba. Todos le imitamos (en lo que pudimos).
Agassi número uno de la ATP, ganó todos los grand slam (el último tenista hasta hoy en conseguir esta marca) hasta sumar ocho títulos y llegó a siete finales más. Fue campeón olímpico en Atlanta (ganando a aquel Sergi Bruguera tan extraordinario en tres sets), conquistó 17 master series y otros 33 títulos ATP.
Todo le iba bien a Andre hasta 1997, año en el que una lesión de muñeca le llevó al puesto 141 del ranking (en la actualidad los jugadores que sufren lesiones conservan su ranking durante la convalecencia). Y tuvo que volver a empezar. De cero. Jugando Challengers (competiciones de menor presupuesto que los torneos ATP) y solicitando invitaciones para los torneos. Arañando puestos. Llamando a muchas puertas. Añadiendo la humildad a sus virtudes.
Y el caso es que entonces, quizá porque yo mismo había madurado, su figura me pareció aún más relevante. Continuó jugando hasta 2006, ganando desde su lesión más de 35 torneos, entre ellos, 5 grand slam.
Para muchos es difícil volver a empezar. Sin embargo, la determinación en los objetivos es una guía de incalculable valor. En estos tiempos en los que la volatilidad de la economía supone una tendencia, son multitud las organizaciones que se enfrentan a cambios dramáticos. En algunas, los procesos de downsizing exigen una redistribución de funciones que eliminan privilegios de sus empleados. En otras, el necesario reposicionamiento obliga a los directivos a lanzarse a la calle en busca de nuevos clientes y modelos de negocio… y quizá estos sean los casos menos dolorosos.
En un mundo donde la humildad suele ser considerada un signo de debilidad, es posible que muchos deban replantearse ahora su posición al respecto. Pero, sobre todo, no olvidarse de su importancia cuando la tendencia cambie. Puede que esta fuera la verdadera lección para Agassi.

jueves, 30 de abril de 2009

La experiencia como factor de equilibrio


Indicaba Bacon que nada se conoce con profundidad si no es por medio de la experiencia. En el mundo del fútbol, en el que la ventana de la experiencia se adquiere tras, en el mejor de los casos, quince años de andadura profesional, son pocos los que pueden hacer cohabitar su madurez vital con la futbolística. De esta forma, muy pocos futbolistas alcanzan la cuarentena en la élite. Y el caso es que, este desprecio al conocimiento, en algunas ocasiones, se me antoja como un desperdicio inadmisible.
En el gremio de los porteros, la peculiaridad de su demarcación ha propiciado una importante cantidad de ejemplos significativos. El italiano Dino Zoff ganó el mundial del naranjito con 40 años, el jugador con más edad que ha ganado el trofeo, y se retiró un año después tras perder la final de la Copa de Europa con la Juventus frente al Hamburgo por 1-0, gol de Magath (aquel fue también el último partido con la Juve de Roberto Bettega). El norirlandés Pat Jennings, aquel guardameta de peinado escalonado del Tottenham y el Arsenal, defendió la portería de su país durante 22 temporadas hasta su retirada, tras mundial de Méjico 1986, con 41 años. Peter Shilton se excluyó de la selección inglesa poco antes de cumplir los 41 años tras el mundial de 1990, aunque siguió jugando una temporada más en el Derby County. Albertosi, el portero cuatro veces mundialista del Milán envuelto en el escándalo totonero, fue suspendido en 1980 cuando ya había cumplido los 40 años. Bell, que compitió con N’Kono durante años por un puesto en la selección, jugó el mundial de EE.UU. para Camerún contando ya 40 años. Más recientemente Ballota del Lazio ha jugado un partido de la champions con más de 43 años…
Las mayores exigencias físicas de los jugadores de campo no han sido óbice para que muchos futbolistas hayan rendido después de los cuarenta. Dejando de lado el caso de Sir Stanley Matthews, que jugó hasta los 51 años, el camerunés Milla resulta prototípico. Roger Milla ha sido el jugador de más edad que ha marcado en los mundiales de Fútbol, al anotar en 1994 el gol del honor frente a Rusia (6-1). Cuatro años antes, con 38 años, Milla había sido la estrella en Italia 1990 de Camerún, que alcanzó los cuartos y cayó ante Inglaterra. Milla fue elegido en 2006 el mejor jugador africano de los últimos cincuenta años. Otros ejemplos de longevidad son Puskas (fichado por Bernabéu con varios kilos de más y en la treintena), el propio Di Stéfano o más cercano en el tiempo, Romario. Costacurta ha sido otro de los paradigmas. El defensa milanista ha sido el último testigo del Milán victorioso de finales de los ochenta. Es el futbolista de campo de mayor edad que ha disputado un partido de Champions, contra el AEK en Noviembre de 2006, contando 40 años y 211 días. El Milán, en aquella temporada conquistó la Champions, lo que le convierte también en el campeón más veterano.
Hasta hace poco tiempo, la favorable coyuntura económica posibilitaba el desprecio de muchas organizaciones por la aportación de los trabajadores de más edad. Ahora, con el cambio de ciclo económico, las cosas parece que han mutado de forma significativa. Las otrora abultadas indemnizaciones y multitudinarias jubilaciones anticipadas se ponen ahora en tela de juicio. Sin embargo, esta circunstancia no parece representar un súbito aprecio por la experiencia, sino más bien una repentina preocupación por las arcas públicas y privadas… Muchos buenos aficionados al fútbol podrán afirmar que para el Calcio, por ejemplo, esta apuesta por la veteranía ha supuesto una pérdida de pujanza. Otros pueden argüir que dicha apuesta, a su juicio un tanto forzada, es fruto de su propia crisis y de su inercia. Yo creo que las organizaciones deben ser, en esencia, naturales. Olvidar las modas y desarrollarse con su capital humano. Comprender su evolución y juzgar su aportación en función de aspectos intrínsecos y extrínsecos, pero también decidir de forma determinada en función de sus objetivos. En resumen, encontrar el equilibrio.
Quizá la aportación de los veteranos para los grupos humanos puede ser resumida a partir de la descripción del papel de Zoff en el mundial del naranjito que realiza Paolo Rossi, máximo goleador de Italia en aquel campeonato “Zoff fue el jugador más importante. Era el que representaba al equipo en esencia. Un ejemplo para todos nosotros”.

lunes, 6 de abril de 2009

Porteros y Turno político


El puesto de guardameta es un nudo gordiano para todos los entrenadores. A muchos les puede parecer de perogrullo, pero si juega un portero, no es posible que actúe otro. Y eso es un problema. Aunque no para todos los entrenadores, claro. Para Clemente, el cancerbero tiene su chance de jugar de extremo izquierda...
Dejando de lado los casos extraordinarios, es de dominio público que los entrenadores suelen apostar por un guardameta y la oportunidad para el segundo portero llega en caso de indisponibilidad del titular. No seré yo el que juzgué aquí esta política, pero, escarbando en los recuerdos he encontrado otras formas de gobierno de la cuestión. Al menos en un par de casos he encontrado una disciplina que quiero denominar “Turno Político”. Esta denominación, alude a la competencia de iguales establecida y mantenida por un largo periodo de tiempo sin una supremacía evidente de ninguno de los dos guardametas. Así, recuerdo la alternancia de Miguel Ángel y García Remón en el Madrid de los setenta y primeros ochenta y el “Turno Político” de Ray Clemence y Peter Shilton en la selección inglesa de aquellos años.
En la España resquebrajada del último tercio del XIX, Don Práxedes Mateo Sagasta y Don Antonio Cánovas del Castillo idearon el genuino "Turno Político". En esta peculiar forma de gobierno, los dos principales partidos políticos de la época, Liberal y Conservador, se sucedían en el poder con el propósito de preservar la maltrecha monarquía, y, según sus inventores, la paz y el orden. La variante futbolística presenta ligeros ajustes. Sí se reconoce la igualdad de los competidores, pero el turno está regido por eventos no temporales: lesiones, sanciones y momentos de forma.
Miguel Ángel fue un portero gallego apodado “El gato” que convivió desde la temporada 71/72 hasta la 85/86 con Mariano García Remón, portero madrileño del barrio del Retiro que recibía el sobrenombre de “El gato de Odessa”. Durante ese periodo, y aunque el gallego disfrutó de más minutos que el madrileño, se puede decir que ambos tuvieron una pugna amigable que distintos entrenadores (Molowny, Miljanic, Boskov, Di Stéfano y Amancio) explotaron para lograr las mejores prestaciones en la portería madridista. En aquellos años el club blanco conquistó 6 Ligas, 4 Copas y 2 Copas de la UEFA. A la pugna por el puesto, desde la temporada 1980/81 se unió Agustín, quien, por mor de una lesión de García Remón, actuó en la final de la Copa de Europa que el Madrid “de los García” perdió contra el Liverpool en 1981. A mí el que más me gustaba era Miguel Ángel. Frente a la mayor sobriedad de García Remón, Miguel Ángel respondía con la agilidad y la rapidez, en la línea de porteros míticos como Ramallets, o más recientemente Ablanedo o Buyo. Jamás podré olvidar su parada en el Mundial de Argentina 1978 (por otra parte, de infausto recuerdo), desde mi punto de vista, la segunda mejor de la historia, tras la realizada por Gordon Banks ocho años atrás.
Precisamente el accidente de tráfico en el que Banks perdió un ojo dio comienzo, en 1973, al “Turno Político” de Ray Clemence y Peter Shilton. Shilton fue en este caso mi favorito. Debutó en la selección inglesa en 1970 de la mano de Alf Ramsey, cuando jugaba en First Division. Tras pasar por el Leicester City y el Stoke City siguiendo la estela de Gordon Banks, recaló en aquel flamante y sorprendente Nottingham Forest de Brian Clough. Allí conquistó las dos copas de Europa de 1979 y 1980. Tras el declive del Forest, se trasladó a Southampton y de ahí a Derby County, y luego a otros cinco o seis clubes más. En 1986 sufrió en sus carnes a Maradona. En Méjico. Es mejor pasar página. Se retiró de la selección tras Italia 90, ya algo mermado en sus cualidades. Iba a cumplir 41 años.
Clemence, por su parte, fue el portero de aquel glorioso Liverpool hasta 1981, y debutó en la selección cuando Banks aún estaba convaleciente. Ray Clemence fue fichado para el Liverpool por el gran Bill Shankly en 1967, y desde ese año hasta 1981, ganando en su último partido con los Reds la tercera Copa de Europa para los de Anfield y para sí. En aquel Real Madrid, que no alineó a García Remón ni Miguel Ángel, la portería la defendió Agustín. Desde 1981 defendió con brillantez los colores del Tottenham Hotspur con notables resultados. Sin embargo, Clemence terminó su aportación a la selección en 1984 siendo 61 veces internacional. Shilton, por su parte, continuó hasta 1990 alcanzando 125 entorchados. Ambos lucharon con brillantez por un puesto sin dueño predefinido. A buen seguro que si ambos no hubieran sido coetáneos, el número de entorchados hubiera sido mucho mayor.
En muchas ocasiones, las tradiciones nos impiden adoptar otras alternativas. Desde mi punto de vista, aquellas que hagan más partícipes a todos los miembros del grupo, son siempre las mejores. Aún cuando parezca que las alternativas son pocas.

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