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miércoles, 6 de abril de 2011

Delibasic o la necesidad de negociar como líder


Mirza Delibasic era un fuera de serie. Uno de esos jugadores elegantes por naturaleza que entendía el baloncesto como pocos, por eso yo siempre me refería a él como “el maestro”. Un tirador increíble capaz de llegar con facilidad a los 30 puntos por partido en una época en la que aún no existía la línea de tres puntos.


Os dejo un enalce a un recital de Delibasic contra el Barça, simplemente impresionante: http://www.youtube.com/watch?v=EdR6g1PllSw



A Mirza lo fiché en el Real Madrid en 1981 y con él conseguimos un Campeonato Mundial de Clubs, una Liga Española y quedamos Subcampeones en la Recopa. Sin duda era un jugador desequilibrante, pero conseguir que aportara todo su potencial al equipo no fue tarea fácil.


Cuando Delibasic llegó al Madrid lo hizo ya con 26 años, y tras una racha espectacular de títulos con la selección Yugoslava: dos Campeonatos de Europa, un Campeonato del Mundo y una Medalla de Oro en los JJOO de Moscú. Es decir era un jugador ya hecho, con experiencia y gran rodaje. Con todo lo bueno que eso tiene, pero también con la parte negativa que conlleva.


Dentro de ese “lado oscuro” Mirza tenía un gran vicio que mermaba su gran capacidad de juego: fumaba como un carretero (¡Casi dos cajetillas diarias!), como la mayoría de yugoslavos en aquella época. Sí, algo que parece poco propio de un deportista, pero que es mucho más habitual, antes y ahora, de los que os imagináis. En el caso de Delibasic, el tabaco ya empezaba a pasarle factura físicamente, y minimizaba su capacidad para marcar la diferencia.


Consciente de esa situación decidí hablar con el seriamente para tratar de buscar la mejor solución para el equipo. Lejos de imponer una posición tajante y de exigirle que abandonara radicalmente el tabaco, postura terriblemente ineficaz con un hombre como Mirza (y creo que con la mayoría de los yugoslavos), decidí buscar otra alternativa.


Traté de convencerle de forma objetiva, y con datos, del mal que estaba haciendo el tabaco a su juego, pero él por su parte me explicaba de modo muy vehemente que no podía vivir sin fumar. Ante dos posiciones diametralmente opuestas, encontré un camino, quizás el menos malo, o quizás el mejor posible: yo le dejaba fumar 6 cigarrillos al día, dos después de cada comida, y él se comprometía a no fumar en ningún otro momento.


Este compromiso tan poco habitual lo comenté y consensué con el resto del equipo: necesitábamos a Delibasic para conseguir nuestros objetivos y sin flexibilidad y generosidad por parte de todos no lograríamos que aportara a su nivel. El equipo estaba de acuerdo en hacer una excepción en las reglas. Sólo en este caso, sólo para Mirza. De hecho el equipo incorporó una nueva rutina a su día a día. Tras las comidas Delibasic levantaba la mano y me decía “Lolo, me encuentro un poco mareado, ¿Puedo ir un momento a tomar el aire?”. Tras lo cual corría a fumarse los cigarrillos pactados… o puede que alguno más.


Una anécdota muy divertida ocurrió en un partió al que nos acompaño un directivo del club muy entrañable y también muy mayor. Este hombre estaba comiendo con nosotros, cuando como era costumbre Mirza me hizo la pregunta de rigor. Yo sin darle ninguna importancia le di permiso para salir. De repente este anciano hombrecillo, tras mirarnos con indignación, se levantó y dando un fuerte puñetazo en la mesa gritó “¡Qué clase de equipo es este! ¿Es que nadie va acompañar a un jugador que se encuentra mal?”. Me faltó tiempo para convencerle con alguna excusa improvisada al tiempo que enviaba al médico a “auxiliar” al pobre de Delibasic.


Creo que este caso muestra una de las cualidades imprescindibles de un buen líder: la capacidad de negociación. La empatía, la apertura de mente y la capacidad de buscar e idear soluciones no escritas son elementos fundamentales para negociar, pero la generosidad y la flexibilidad son valores imprescindibles para poder llegar a hacerlo.


Cómo dice mi buen amigo José Ignacio Rivero, presidente de Tatum y compañero de este blog, no se trata de lograr que mi idea sea la que se ponga en práctica, sino de encontrar la mejor solución para el equipo. Y para lograrlo, por mi experiencia, es necesario hablar mucho y escuchar aún más, es necesario ser generoso y estar abierto a las posturas de los demás, es clave ser capaz de ponerse en los zapatos del otro y tener una cintura más ágil que la del propio Delibasic para poder encontrar puntos de encuentro.


Si quieres dirigir un grupo aprende a negociar, si quieres ser un buen líder trabaja tu generosidad y tu cintura.

domingo, 18 de julio de 2010

Lecciones de un Mundial Inolvidable


Cuando sólo han pasado unos días desde la victoria de la Selección española en el Campeonato del Mundo de Sudáfrica y aunque todavía nos embriaguen sus recuerdos, podemos exponer algunas enseñanzas que, a mi juicio, nos ha dejado la trayectoria del combinado nacional.

La primera es que en esta vida la grandeza del éxito está íntimamente relacionada con el grado de dificultad encontrado en el camino. Para todos aquellos que pensaban que ya teníamos la Copa antes de viajar a Sudáfrica, les aconsejo que se pongan a jugar aunque sea un torneo de amigos para así comprobar que nadie regala nada.

La segunda es que, ante la adversidad (primer partido y derrota), la reflexión, la autocrítica, la confianza en el trabajo realizado y en los componentes del grupo es una necesidad. También en estos casos se demuestra el grado de cohesión del grupo, pues lo más fácil es que cada elemento se preocupe de salvar su trasero o desviar la atención.

La tercera, y esta es extensible a la empresa, es que cada partido hay que jugarlo sin perder la identidad pero adaptándose al entorno o circunstancias (Partido contra Chile o Paraguay). Lo más importante en estos casos es la meta, no el camino, aunque lógicamente sin traicionar sus principios.

La cuarta es el valor del equipo. Durante el campeonato y después en las celebraciones hemos podido observar cómo el núcleo más mediático (jugadores y técnico) destacaban y valoraban a médicos, fisios, utilleros, etc. Una máquina es perfecta porque todas las piezas funcionan sincronizadamente, sin importar el oropel social que se les conceda. Para ello es imprescindible que cada uno conozca su puesto, función y rol, términos parecidos pero que no lo son.

La quinta tiene que ver con el nivel de activación óptima, que podemos definir como el estado anímico donde nos sentimos capaces de lograr todo aquello que nos propongamos. Existe a dos niveles: individual y grupal. El primero tiene que ver con el autoconocimiento y la automotivación y le corresponde a cada uno entrenarlo y ejercerlo; el segundo se circunscribe a la temperatura emocional del grupo y el doctor es el entrenador, quien recetará motivación si el grupo está relajado (nivel por debajo de esa línea óptima) o relajación si el grupo está ansioso (nivel por encima de la línea óptima).
Estos conceptos del deporte son perfectamente exportables a cualquier área de la sociedad y a la vida misma.

La sexta se refiere a la humildad como mejor aliada del éxito. En todo el campeonato hemos podido ver imágenes, escuchar declaraciones y observar gestos en el equipo español que implicaban máximo respeto al rival y naturalidad en los momentos tensos (antes, durante y después de los partidos). Y como la competición es un claro espejo donde se refleja cómo eres en realidad, podemos aseverar que estos chicos y quienes les dirigen les sobra esa virtud.

La última, pero no la menos importante, es el liderazgo. En este sentido hemos podido observar cómo Vicente Del Bosque lo ha ejercido de manera silenciosa. Sin estridencias, sin rencor, sin gestos para la galería ha sabido transmitir serenidad, sentido común, reconocimiento constante a sus chicos, saber ponerse en un segundo lugar e incluso valorar la labor de su antecesor en la gran obra maestra lograda.

Como corolario, podemos asegurar que este equipo nos ha dado una lección a esta sociedad española que en los últimos tiempos ha estado más preocupada en parecer que en ser, que ha elegido el camino rápido del éxito y del dinero sin importarle dejar en el camino los valores y principios que ayudan a construir algo serio y sólido.

Por todo ello, muchas gracias CAMPEONES.

jueves, 18 de marzo de 2010

La adaptación de Carlos Moyá


Retirarse no es sencillo. Decir adiós a una carrera profesional supone uno de los pasos que, tarde o temprano, cualquier trabajador debe afrontar. En el mundo del deporte de alta competición, estas retiradas se suelen producir cuando la juventud no ha abandonado aún a los deportistas. Y el caso es que este paso a la reserva, en muchas ocasiones, supone un cambio no siempre fácil de gestionar. El caso de Carlos Moyá me parece aleccionador en este sentido.
Carlos Moyá es un zurdo que juega con la derecha, justo al revés que Nadal. Quizá por esta peculiaridad, su drive ha sido uno de los mejores del circuito durante quince años. Se van ha cumplir tres lustros desde la primera vez que vi jugar a Carlos en el Godó de 1995. Tras un torneo brillante, perdió la final contra Jordi Burillo. Sin embargo, igual que me ocurrió con Alex Corretja algún tiempo antes, pensé que aquel jugador llegaría a ganar Roland Garros. Me equivoqué con el catalán (por poco, la verdad). Con el mallorquín, no.
Quizá Moyá se diera a conocer para el gran público en aquella final de Australia 1997 contra Sampras. O puede que tras ganar su primer Master Series en Montecarlo en 1998 enfrentándose a Pioline. Pero lo que es seguro es que Moyá ya era conocido por todos cuando, precisamente frente a Corretja, levantó la copa de los mosqueteros que yo vaticiné que lograría. Diez meses más tarde, en Marzo de 1999, se convierte en el primer español número uno de la ATP. A finales de aquel año, las lesiones le relegaron al puesto 22. Los años siguientes tampoco fueron buenos. Pero en 2002 comienza su remontada, ganando cuatro títulos. Moyá termina el año quinto del mundo. En 2003 logra tres títulos más y firma una temporada impecable en la Davis, incluyendo la victoria contra Mark Philippoussis en la final, en Australia, en hierba y a cara de perro. Termina ese año el séptimo del mundo. En 2004 alcanza el quinto puesto de la ATP de nuevo y consigue tres títulos más. Y una Davis, claro: La de Sevilla en La Cartuja.
Aquel 2004, en Toronto, Moyá, ofrece una de las anécdotas más humanas del circuito. En un partido contra Kiefer, el alemán solicitó la presencia del médico aprovechando un descanso. El galeno se hizo esperar cerca de 15 minutos. El partido, parado. Y al bueno de Carlos, no se le ocurre otra cosa que preguntarle a un recogepelotas si quiere pegar unas bolas. Y allá que se ponen a jugar, para el deleite de los 2.500 espectadores. El chaval, se defiende, y cuando Kiefer se recupera, el público estalla en una gran ovación. En parte, para el recogepelotas, en otra, para el mallorquín. Moyá pierde, pero qué más da…. Otra muestra de su talla humana la ofrece en 2005 donde, tras ganar en Umag, dona el premio a las víctimas del tsunami… Volvamos al tenis. El año 2005 acaba con Moyá en el puesto 31 y el 2006 en el 43. En 2007 resurge hasta el puesto 15 para terminar el 17. En 2008 termina el 42. A principios de 2009 decide operarse de la cadera y pasar un año en blanco.
Y este año, tenemos a un Moyá “nuevo” en su reaparición. Es muy difícil que vuelva a ganar algún torneo. Ahora se encuentra en el puesto 639 del ranking (8 de Marzo). Juega torneos escogidos. Muchos de ellos con invitación, otros mediante la protección de ranking, derecho que puede utilizar hasta en ocho eventos esta temporada, disfrutando así de un ficticio número 52 del mundo.
El Moyá versión 2010 disfruta de cada partido. Busca las sensaciones agradables pese a sus dolores. Quiere recordar para siempre este 2010. Ha declarado “Es un orgullo que reconozcan la trayectoria de uno porque lo fácil es acordarse cuando estás arriba. Mi idea es disputar todos los torneos que han sido importantes para mí”. Y el caso es que Carlos está poniendo en práctica diversos mecanismos encomiables, inteligentes y adaptativos, pero no por ello habituales entre las personas que afrontan su retiro. En primer lugar, su agradecimiento al reconocimiento recibido. En segundo lugar, la voluntad de buscar la felicidad en los momentos de declive profesional. Y en tercer lugar, la fidelidad a sí mismo y a su trayectoria. Actitudes que me parecen encomiables en una persona y en un profesional. Tomemos nota.

miércoles, 27 de enero de 2010

Tanda de penaltis


Para mí, en el mundo del fútbol, no hay nada más emocionante que una tanda de penaltis. Nada que sea capaz de contener y liberar las efusiones de implicados y espectadores de forma más síncrona y pautada. Lo mejor y lo peor en cinco minutos. Espectáculo puro.
Aunque el origen del penalti data de 1890 (William McCrum), las primera tanda de penaltis se remonta a 1962, al Trofeo Ramón de Carranza, invención de Don Rafael Ballester. A partir de ahí, ya en los años setenta, se implanta de forma progresiva como resolución obligada en el partido de vuelta en eliminatorias de doble partido. Así, se instituye en la Copa del Rey y en las diferentes copas europeas (Copa de Europa, Recopa y de Ferias), para posteriormente colonizar las competiciones FIFA. Un buen amigo, fiel atlético, siempre me dice que si en 1974 la final hubiera admitido la tanda de penaltis, el Atlético hubiera sido campeón de Europa…
Sea como sea, las tandas de penaltis han colaborado a agrandar la leyenda de los porteros (Clemence , Arconada, Grobbelaar, Pfaff, Dukadam, Kahn, Goycochea, Dudek, Seaman, Taffarel, Casillas, …), la desgracia pasajera de no pocos jugadores de campo (Heynckes , Eloy, Baggio, Terry, Joaquín, Shevchenko, Graziani, Aldo Serena, Pellegrino, Eto'o…) y la gloria de los últimos goleadores (Cesc, Hrubesch, Panenka, Kennedy, Drogba…). Sin embargo, una característica bastante poco usual de estos desempates los hace particularmente interesantes. Se trata de la obligación de que, una vez finalizados los cinco primeros lanzamientos con empate, se sigan lanzando penaltis hasta deshacer las tablas. Y esto incluye a los porteros.
De todos es conocida la habilidad de muchos porteros ejecutando activamente la pena máxima. Los exponentes máximos de estos porteros ofensivos quizá sean Chilavert y Ceni. Sin embargo, no es una habilidad común. Sólo hay que visitar los campos de primera de forma asidua para darse cuenta de ello. Sin embargo, muchos guardametas se han visto ante la necesidad de enfrentarse a la necesidad de chutar un penalti. De contribuir con su aportación en un aspecto habitualmente inexplorado, pero no por ello menos crucial. De asumir un rol circunstancial fuera de su competencia. Toda su organización dependerá de ello.
Aquí, el ejemplo que siempre he tenido en mente es la final de la Copa del Rey de 1977. Athletic de Bilbao y Betis. El primero, favorito, dada su trayectoria copera, su reciente subcampeonato de la UEFA, que cede por el valor doble de los goles en campo contrario ante la Juventus de Zoff, Gentile, Scirea, Tardelli, Boninsegna y Bettega y su plantel en el que figuran Alexanco, Villar (por cierto, que cuando se edita este artículo hackeada), Irureta, Dani, Rojo y el gran Iríbar. “El chopo” es, para muchos, junto a Don Ricardo Zamora, el mejor guardameta español de todos los tiempos. El Betis contaba con un equipo equilibrado donde Cardeñosa ponía la calidad y Esnaola su impronta de portero vasco, donostiarra, para más señas. Y es que este dato no es baladí, porque después de la salida de Esnaola en 1973 (por 12 millones de pesetas), el viejo Atocha vio pasar a Artola, Urruti y Arconada. Ahí es nada.
Volvemos al Calderón. 25 de junio de 1977. El final de los 90 minutos refleja un empate a uno. La prórroga con empate a dos. Penaltis. Primera tanda de cinco: fallan Cardeñosa y Dani, los especialistas. Seguirán chutando. El octavo lo decide tirar Esnaola. Con la derecha engaña a Iríbar. Marcan todos los jugadores hasta que en el décimo penalti, Iríbar decide lanzar. Por delante de Astrain. Chuta por el mismo lugar donde antes había marcado Esnaola, sin embargo, el donostiarra adivina la intención, se lanza y para. La Copa es del Betis.
La historia del fútbol cuenta con tandas de penaltis interminables. En todas ellas, tarde o temprano el portero debe chutar. En la última final de la Copa griega de 2009, el Olympiakos de Valverde chutó 22 penaltis para hacerse con el trofeo. Nikopolidis (cuyo apodo es George Clooney) anotó 2 penas máximas. El último gol dio el triunfo a los del Pireo. “Clooney” siempre golpeó el último en su tanda, siempre a su izquierda con la derecha. Fuerte, raso y algo con la puntera, la verdad.
La contribución de Nikopolidis fue, como la de Esnaola, fundamental. En el mundo de las organizaciones, la flexibilidad es una de las características de los recursos humanos competentes. Esta flexibilidad en muchas ocasiones tiene una incidencia muy dispersa, aunque crucial. Además, la flexibilidad no es una cualidad que implique confort. Muy al contrario, supone escapar de una zona de seguridad para adentrarse en terrenos desconocidos. Así, en el ámbito laboral donde las recompensas suelen ser muchísimo menos atractivas que en el deporte de alta competición, dicho fomento se antoja complejo para empleados y gestores. Por tanto, ¿cómo convencer a los gestores de que hay que dotar un tiempo y unos recursos para “entrenar” los “penaltis”? y, por otra parte, ¿cómo podemos motivar a “entrenar” y a “chutar” a los empleados? Inmersos en los tiempos en los que estamos las soluciones no son obvias...

lunes, 15 de junio de 2009

Pardeza: La adaptabilidad como respuesta


Recuerdo la primera vez que fui consciente de la existencia de Miguel Pardeza. Creo que se trataba de algo así como una noticia breve en la revista Don Balón. Casi seguro que era verano, porque aquella era la época del año en que mi padre me compraba esta publicación con el propósito de que, al menos por un rato, la paz llegara a una de esas casas de vacaciones del inicio de los años ochenta. El caso es que, en una de las páginas en blanco y negro había una foto y un texto breve. Me llamó la atención y me quedé con el nombre. Algunos meses después, el artículo publicado en el diario EL PAÍS ‘Amancio y la “Quinta del Buitre”’ de Julio César Iglesias cambió la historia de Pardeza y de cuatro de sus compañeros (Míchel, Sanchís, Butragueño y Martín Vázquez).
Desde aquel día de estío, Pardeza siempre me fue cercano. Quizá porque le asumía como mi “descubrimiento”. O porque jugaba de maravilla. O porque parecía que a nadie le importara aquel jugador pequeño y delicado, pero rápido y astuto. O puede que porque se tuvo que marchar del Real Madrid rumbo a Zaragoza. O qué sé yo… La cuestión es que siempre me ha sido simpático.
Cuando colgó las botas, allá por 1998 es posible que ya hubiera enterrado en mi mente la noticia breve de Don Balón, pero no la cercanía al personaje. Y la cuestión es que, por motivos profesionales, tuve cierta relación varios años después con Miguel Pardeza. Gracias a ello, descubrí que, además de un gran jugador, era un articulista elegante y de buen gramaje, y también una persona juiciosa, reflexiva y confiable.
Miguel Pardeza se me presenta como un hombre esencialmente culto. Sin citas artificiosas. Alejado de los eruditos a la violeta, de la charlatanería y del simplismo. Y, por si fuera poco, estas cualidades tan infrecuentes, empapan su prosa y su discurso.
En esta última semana he tenido la oportunidad de ver en la TV, más concretamente en Libertad Digital TV, una entrevista en profundidad con Pardeza, a la sazón nuevo Director Deportivo del Real Madrid. El entrevistador le preguntó por los retos del nuevo cargo.
- “En primer lugar, encajar” – respondió Miguel Pardeza.
Y esta respuesta plena de seguridad, resulta ser el paradigma de la adaptabilidad. Así, en esta flexibilidad se vislumbra la humildad para adaptar nuestro comportamiento a un entorno establecido y la capacidad para superar los frenos al cambio que supone todo nuevo reto profesional. Y en suma, ser capaz de articular la competencia de adaptabilidad emocional, que, entre otras, caracteriza a los gestores emocionalmente inteligentes, como señala Goleman.
Pero esta competencia no es común. Todos conocemos casos de gestores autoritarios y cerriles (y en muchos casos y, por desgracia, exitosos…), ignorantes de los deseos y necesidades de sus subordinados y ajenos al entorno empresarial y económico. Este modelo de gestión cohabita con el de los gestores que, atendiendo a un libro de reciente publicación, construyen organizaciones flexibles, vertebradas en torno a procesos adaptativos.
Deseo todos los éxitos a Miguel Pardeza, pero, sobre todo, espero que pueda mantener su aproximación, y que, con el tiempo, dejemos todos de confundir la audacia con la obstinación.

lunes, 6 de abril de 2009

Porteros y Turno político


El puesto de guardameta es un nudo gordiano para todos los entrenadores. A muchos les puede parecer de perogrullo, pero si juega un portero, no es posible que actúe otro. Y eso es un problema. Aunque no para todos los entrenadores, claro. Para Clemente, el cancerbero tiene su chance de jugar de extremo izquierda...
Dejando de lado los casos extraordinarios, es de dominio público que los entrenadores suelen apostar por un guardameta y la oportunidad para el segundo portero llega en caso de indisponibilidad del titular. No seré yo el que juzgué aquí esta política, pero, escarbando en los recuerdos he encontrado otras formas de gobierno de la cuestión. Al menos en un par de casos he encontrado una disciplina que quiero denominar “Turno Político”. Esta denominación, alude a la competencia de iguales establecida y mantenida por un largo periodo de tiempo sin una supremacía evidente de ninguno de los dos guardametas. Así, recuerdo la alternancia de Miguel Ángel y García Remón en el Madrid de los setenta y primeros ochenta y el “Turno Político” de Ray Clemence y Peter Shilton en la selección inglesa de aquellos años.
En la España resquebrajada del último tercio del XIX, Don Práxedes Mateo Sagasta y Don Antonio Cánovas del Castillo idearon el genuino "Turno Político". En esta peculiar forma de gobierno, los dos principales partidos políticos de la época, Liberal y Conservador, se sucedían en el poder con el propósito de preservar la maltrecha monarquía, y, según sus inventores, la paz y el orden. La variante futbolística presenta ligeros ajustes. Sí se reconoce la igualdad de los competidores, pero el turno está regido por eventos no temporales: lesiones, sanciones y momentos de forma.
Miguel Ángel fue un portero gallego apodado “El gato” que convivió desde la temporada 71/72 hasta la 85/86 con Mariano García Remón, portero madrileño del barrio del Retiro que recibía el sobrenombre de “El gato de Odessa”. Durante ese periodo, y aunque el gallego disfrutó de más minutos que el madrileño, se puede decir que ambos tuvieron una pugna amigable que distintos entrenadores (Molowny, Miljanic, Boskov, Di Stéfano y Amancio) explotaron para lograr las mejores prestaciones en la portería madridista. En aquellos años el club blanco conquistó 6 Ligas, 4 Copas y 2 Copas de la UEFA. A la pugna por el puesto, desde la temporada 1980/81 se unió Agustín, quien, por mor de una lesión de García Remón, actuó en la final de la Copa de Europa que el Madrid “de los García” perdió contra el Liverpool en 1981. A mí el que más me gustaba era Miguel Ángel. Frente a la mayor sobriedad de García Remón, Miguel Ángel respondía con la agilidad y la rapidez, en la línea de porteros míticos como Ramallets, o más recientemente Ablanedo o Buyo. Jamás podré olvidar su parada en el Mundial de Argentina 1978 (por otra parte, de infausto recuerdo), desde mi punto de vista, la segunda mejor de la historia, tras la realizada por Gordon Banks ocho años atrás.
Precisamente el accidente de tráfico en el que Banks perdió un ojo dio comienzo, en 1973, al “Turno Político” de Ray Clemence y Peter Shilton. Shilton fue en este caso mi favorito. Debutó en la selección inglesa en 1970 de la mano de Alf Ramsey, cuando jugaba en First Division. Tras pasar por el Leicester City y el Stoke City siguiendo la estela de Gordon Banks, recaló en aquel flamante y sorprendente Nottingham Forest de Brian Clough. Allí conquistó las dos copas de Europa de 1979 y 1980. Tras el declive del Forest, se trasladó a Southampton y de ahí a Derby County, y luego a otros cinco o seis clubes más. En 1986 sufrió en sus carnes a Maradona. En Méjico. Es mejor pasar página. Se retiró de la selección tras Italia 90, ya algo mermado en sus cualidades. Iba a cumplir 41 años.
Clemence, por su parte, fue el portero de aquel glorioso Liverpool hasta 1981, y debutó en la selección cuando Banks aún estaba convaleciente. Ray Clemence fue fichado para el Liverpool por el gran Bill Shankly en 1967, y desde ese año hasta 1981, ganando en su último partido con los Reds la tercera Copa de Europa para los de Anfield y para sí. En aquel Real Madrid, que no alineó a García Remón ni Miguel Ángel, la portería la defendió Agustín. Desde 1981 defendió con brillantez los colores del Tottenham Hotspur con notables resultados. Sin embargo, Clemence terminó su aportación a la selección en 1984 siendo 61 veces internacional. Shilton, por su parte, continuó hasta 1990 alcanzando 125 entorchados. Ambos lucharon con brillantez por un puesto sin dueño predefinido. A buen seguro que si ambos no hubieran sido coetáneos, el número de entorchados hubiera sido mucho mayor.
En muchas ocasiones, las tradiciones nos impiden adoptar otras alternativas. Desde mi punto de vista, aquellas que hagan más partícipes a todos los miembros del grupo, son siempre las mejores. Aún cuando parezca que las alternativas son pocas.

lunes, 23 de febrero de 2009

El líbero: Gestionar el Talento


Atendiendo al Diccionario de la Academia, el líbero es un jugador defensivo sin posición fija. Pero el líbero es, para muchos, bastantes cosas más. Si existe una posición en la que la suficiencia de los futbolistas sea la característica preponderante, esa es la de líbero. Pensar en un líbero, es imaginar al mejor jugador del equipo. Un buen líbero integra, más que ningún otro futbolista, a dos jugadores diferentes. En el plano defensivo, se trata de un jugador de colocación y anticipación, con dominio del juego aéreo y con mando en la zaga. En el aspecto ofensivo, el líbero debe conducir el balón con elegancia, dominar la pared, el dribbling y tener capacidad de llegada y visión de juego.
El origen del líbero se remonta al final de los años treinta, en el ámbito del cerrojo suizo creado el austriaco Karl Rappan en respuesta al WM inventado por Chapman en 1925. En el cerrojo suizo, el marcaje individual de tres defensas se ve reforzado por la utilización de un defensa libre situado más retrasado. Ya en los sesenta, el Catenaccio del Inter de Helenio Herrera, empleó al líbero como complemento a la defensa de cuatro en un el 1-4-3-2. Más recientemente, la configuración 5-3-2 ha posibilitado el renacimiento moderno del líbero con vocación atacante.
El arquetipo del líbero soberbio y solvente ha sido el alemán Franz Beckenbauer, “El Kaiser”. Y tras su imponente estela, han ocupado su lugar en la selección teutona jugadores como Uli Stielike, Klaus Augenthaler, Lottar Matthäus, Matthias Sammer, Jens Jeremies o Karsten Ramelow. Es posible que, para ser el mejor líbero, haga falta ser alemán. Aunque hemos conocido líberos inolvidables, como Franco Baresi, Ronald Koeman, Alan Hansen, Frank Rijkaard, Bobby Moore... Pero la cuestión es que esta demarcación de líbero constituye una interesante alternativa para los jugadores veteranos que aún conservan intacta su técnica, pero comienzan a experimentar cierto declive físico. Muchos recordamos aún la última etapa de Bernd Schuster en el Bayer Leverkusen, ya con 33 años. Su recorrido era escaso, pero su jerarquía, inmensa. Sin embargo, en nuestro país, desde los tiempos de “Pirri” y su sucesor, Ricardo Gallego, no hemos tenido continuidad en la demarcación, salvo algunos casos fugaces. Iván Helguera en el Real Madrid de la Octava, Fernando Gómez “El Catedrático” en el Valencia de Ranieri en su primera época... Quizás se trate de un problema de Gestión del Talento. Es posible que jugadores más ofensivos, pero de valía indiscutible, como Guardiola o Zidane hubieran podido tener una reubicación exitosa actuando como líbero. ¿Falta de visión?, ¿rigidez?... A mi entender, en todas las facetas humanas, pero en especial en el fútbol, el verdadero recurso escaso es el talento. Y los responsables necesitan flexibilidad para gestionarlo.

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