
La semana pasada el nadador Rafael Muñoz pasó a ser portada de todos los periódicos, deportivos y generalistas, y tras conseguir batir el record del mundo de natación en la modalidad de los 50 metros mariposa dos veces en la semifinal y en la final. El andaluz, de 21 años, superó una barrera más y miró de reojo a las grandes citas, a las que España antes sólo iba a participar. Muñoz paró el cronómetro en 22.43 segundos cuando llegó al final de la piscina y también paró los corazones de los seguidores que llenaron el Centro Acuático de Málaga.
Pero el cordobés superó su propia hazaña cuando igualó la marca que Michael Phelps había hecho en la final de los Juegos de Pekín de 100 mariposa 50"58, la segunda mejor de la historia.
Más allá del debate sobre la utilización de los bañadores de la firma italiana Jacked y el impacto que está teniendo en la natación, me gustaría centrar nuestra reflexión sobre el éxito y el cortoplacismo, y me explico.
Muñoz ha trabajado durante años duramente, se ha entrenado hasta la extenuación en España y en Francia, ha sido doble campeón continental júnior y doble medallista en los europeos ¿Y cuántos habíamos oído hablar de él? ¿Cuántos patrocinadores le han apoyado? ¿Quién ha creído en su potencial?
Ahora tras batir el record del mundo y ante la posibilidad de poder hacer frente al sobrehumano Phelps el país entero le mira, las empresas hacen cola para ser sus patrocinadores, para recoger las mieles de su éxito, por supuesto sin el sudor y las lagrimas que le ha llevado hasta aquí.
Esta circunstancia se repite día tras día en la sociedad, en las empresas y en la política. Se buscan los resultados a corto, los objetivos trimestrales, cumplir con las valoraciones de los analistas financieros, alcanzar los bonus del año, ganar las próximas elecciones… cueste lo que cueste. Es raro encontrar ejemplos que apoyen el trabajo continuado, los proyectos a largo plazo, la construcción sólida. Parece que la filosofía del “tente mientas cobro”, es decir, exprimamos al máximo el hoy y el que venga detrás que arree, es la máxima con la que los directivos y políticos diseñan sus estrategias.
Este modelo está limitando el desarrollo de nuestras empresas y de nuestra sociedad. Es evidente. Nos echamos las manos a la cabeza cuando los directivos de AIG, tras recibir ayudas estatales para impedir que quiebre la compañía, se dan a sí mismos unos variables estratosféricos, pero ¿nosotros creemos en construir futuro? ¿En nuestras organizaciones jugamos como los nuevos y ansiosos patrocinadores de Rafa Muñoz o promovemos, premiamos y favorecemos que se construyan proyectos, ideas, compromisos más allá de la cuenta de resultados de ese año?
Pero el cordobés superó su propia hazaña cuando igualó la marca que Michael Phelps había hecho en la final de los Juegos de Pekín de 100 mariposa 50"58, la segunda mejor de la historia.
Más allá del debate sobre la utilización de los bañadores de la firma italiana Jacked y el impacto que está teniendo en la natación, me gustaría centrar nuestra reflexión sobre el éxito y el cortoplacismo, y me explico.
Muñoz ha trabajado durante años duramente, se ha entrenado hasta la extenuación en España y en Francia, ha sido doble campeón continental júnior y doble medallista en los europeos ¿Y cuántos habíamos oído hablar de él? ¿Cuántos patrocinadores le han apoyado? ¿Quién ha creído en su potencial?
Ahora tras batir el record del mundo y ante la posibilidad de poder hacer frente al sobrehumano Phelps el país entero le mira, las empresas hacen cola para ser sus patrocinadores, para recoger las mieles de su éxito, por supuesto sin el sudor y las lagrimas que le ha llevado hasta aquí.
Esta circunstancia se repite día tras día en la sociedad, en las empresas y en la política. Se buscan los resultados a corto, los objetivos trimestrales, cumplir con las valoraciones de los analistas financieros, alcanzar los bonus del año, ganar las próximas elecciones… cueste lo que cueste. Es raro encontrar ejemplos que apoyen el trabajo continuado, los proyectos a largo plazo, la construcción sólida. Parece que la filosofía del “tente mientas cobro”, es decir, exprimamos al máximo el hoy y el que venga detrás que arree, es la máxima con la que los directivos y políticos diseñan sus estrategias.
Este modelo está limitando el desarrollo de nuestras empresas y de nuestra sociedad. Es evidente. Nos echamos las manos a la cabeza cuando los directivos de AIG, tras recibir ayudas estatales para impedir que quiebre la compañía, se dan a sí mismos unos variables estratosféricos, pero ¿nosotros creemos en construir futuro? ¿En nuestras organizaciones jugamos como los nuevos y ansiosos patrocinadores de Rafa Muñoz o promovemos, premiamos y favorecemos que se construyan proyectos, ideas, compromisos más allá de la cuenta de resultados de ese año?